El desafío de la salud mental en personas migrantes

El proceso migratorio representa una potente fuente de estrés
Cristina Pou Matarranz
Cristina Pou Matarranz
Psiquiatra
Parc Sanitari Sant Joan de Déu
migracion

El día 18 de diciembre se celebra el Día Internacional del Migrante. Según la Organización International para las Migraciones de las Naciones Unidas, el número de migrantes internacionales a nivel mundial en 2019 fue de 272 millones, un 3,5% de la población. Dentro de este grupo, el 12% fueron niños menores de 8 años y el 12% jóvenes de entre 15 y 24 años.

La migración representa el movimiento de personas fuera de su lugar de residencia habitual, ya sea a través de una frontera internacional o dentro de un país, con la intención de establecer una nueva residencia temporal o permanente en el lugar de destino.  Este proceso supone para la persona un esfuerzo extra de adaptación a un nuevo entorno. Las corrientes migratorias se producen desde el origen de la humanidad y se han visto acrecentadas con la globalización.

El proceso migratorio puede dividirse en diversas fases: pre-migración (la persona decide migrar y organiza un plan para ello), migración propiamente dicha (desplazamiento físico), post-migración (la persona se adapta al nuevo entorno). Cabe tener en cuenta que ni todas las personas que migran viven la misma experiencia, ni las sociedades que los reciben responden de igual manera. El proceso de migración y de adaptación sociocultural posterior, juega un papel fundamental en la salud mental de las personas.

La relación entre migración y salud mental es compleja y dinámica. El proceso migratorio supone la inmersión en una nueva cultura y representa en sí mismo un conjunto de factores estresantes que pueden afectar la salud mental de cualquier persona sometida a dicha situación: separación obligada de los seres queridos, barrera idiomática, cambio de lugar habitual de residencia, pérdida de estatus social y marginación, discriminación percibida, precariedad laboral y económica, entre otros. El malestar para las personas es mayor si las culturas (origen y receptora) son muy diferentes entre sí.

Múltiples factores de riesgo en las personas migradas

La migración representa una potente fuente de estrés que se relaciona con problemas de salud mental en la persona que lo sufre. Dentro de este proceso, existen una serie de factores de riesgo que hacen a las personas más vulnerables a sufrir algún tipo de trastorno mental: trastorno mental previo, migración no planificada o por razones políticas, experiencias traumáticas vividas, ser menor de edad o anciano, role strain post-migración (la persona no tiene recursos para desarrollar el nuevo rol que se le asigna). A ello se suma que en ocasiones el sistema sanitario no reconoce adecuadamente estas situaciones ni ofrece la atención necesaria, suponiendo una nueva fuente de estrés para la persona.

En el caso de los menores y adolescentes (colectivo especialmente vulnerable), se ha demostrado que la exposición a la violencia durante el proceso migratorio es un factor de riesgo clave para sufrir trastorno mental, mientras que el asentamiento estable y el apoyo social en el país de acogida tienen un efecto protector positivo.

Dentro del ámbito de la salud mental, la expresión sintomática de los trastornos mentales y la respuesta al tratamiento varían en función de la cultura de la persona. Las diferencias culturales se asocian con diferentes maneras de entender la salud y la enfermedad, así como con una manera propia de expresar el malestar.

Los profesionales socio sanitarios somos ahora más conscientes de los retos a los que nos enfrentamos al proporcionar atención a una población culturalmente diversa.

Está bien establecido que, para proporcionar un cuidado culturalmente competente, debemos estar familiarizados con las creencias, valores y prácticas de las poblaciones a las que atendemos, para prevenir errores y poder ofrecer la mejor atención posible.

La competencia cultural pretende ser una solución a las barreras (sociales, de comunicación, políticas, de género) que impiden que una persona reciba una asistencia de calidad. Consiste en la adquisición por parte de los profesionales de unos conocimientos especializados (aspectos culturales de algunas enfermedades, estilos de comunicación), unas habilidades (sensibilidad y humildad cultural) y unas actitudes, con los que poder ofrecer una atención individualizada.

En el mundo globalizado actual, los profesionales tratamos con personas cuyos orígenes, circunstancias vitales, identidad cultural y etnicidad son diferentes a las nuestras. Los migrantes no son un grupo homogéneo, y tampoco son homogéneas sus necesidades, sus vulnerabilidades sociales y sanitarias, y su resiliencia. Además, las personas migrantes con problemas de salud mental forman un colectivo de doble riesgo, con posibilidades de sufrir estigmatización y exclusión social.

La evidencia demuestra que reconocer todos estos factores contribuye a entender mejor la problemática inherente a la migración y desarrollar estrategias de prevención, promoción de la salud y abordaje integral según las necesidades de las personas a las que atendemos.

Publicación
18 de Diciembre de 2020
Última modificación
18 de Diciembre de 2020
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