¿Responden las actuales estrategias de mejora de la salud mental a las necesidades de las personas y la comunidad?

Para que las políticas estratégicas conecten con las necesidades de las personas y la comunidad, no es suficiente con definirlas
Josep Ramos Montes
Josep Ramos Montes
Psiquiatra. Master en Bioética.

En el mundo occidental y desde la época clásica, la organización de la respuesta social a las enfermedades mentales ha pasado por tres grandes períodos históricos:

  • la época del manicomio
  • su declive (la desinstitucionalización)
  • y la reforma de los servicios de salud mental con base comunitaria, etapa en la que estamos inmersos en la actualidad.

Además del fuerte impacto que tienen los trastornos mentales y las adicciones tanto a nivel de sufrimiento de las personas que los padecen y sus familias, como desde el punto de vista económico y social, su asociación con el riesgo de discapacidad a largo plazo, con la discriminación y el estigma y con la amenaza a los derechos humanos de las personas afectadas, justifican que la atención a la salud mental sea hoy una prioridad política para muchos gobiernos europeos. La Organización Mundial de la Salud (OMS) viene recogiendo desde hace años la necesidad de definir en concreto esta prioridad a través de propuestas estratégicas, algunas de las cuales han constituido o constituyen obligaciones de sus países miembros. Son ejemplos de estas políticas The European Mental Health Action Plan 2013-2020 de la oficina de la OMS de Europa, la estrategia The Joint Action for Mental Health and Wellbeing (2013) de la Unión Europea o el European Framework for Action on Mental Health and Wellbeing (OMS/Europa, Bruselas 2016).

De manera muy resumida, estas políticas se basan en un enfoque de salud pública dirigido a la promoción, prevención y tratamiento, enfatizando la intervención precoz antes de la etapa adulta, la lucha contra el estigma, la discriminación y la exclusión social, la incorporación de una perspectiva multisectorial, el desarrollo de un modelo de servicios basado en la comunidad, de calidad, orientado a la recuperación y la inclusión social, el empoderamiento de profesionales, personas afectadas y familias, y la garantía de que las acciones se basan en las buenas prácticas éticas y científicas.

No hay duda de que estos principios y sus estrategias concretas (WHO, 2015) que se están aplicando en países como el nuestro, se orientan claramente hacia las necesidades de las personas, pero su implantación requiere también que las organizaciones que sustentan los servicios entiendan y compartan las políticas generales, que se obliguen a seguirlas y a alinear sus recursos y su cultura organizacional con las mismas. Sin embargo, la respuesta que vemos es muy desigual y no todas las organizaciones tienen la capacidad o la voluntad de responder de forma coherente con el cambio de paradigma que representa el modelo de atención basado en la comunidad. La fragmentación de los distintos niveles, redes y sistemas de atención (sanitario y social, fundamentalmente) tampoco ayudan.

Por último (at last, but not least), el resultado final del proceso de atención se juega en el encuentro entre la persona afectada y los profesionales.

Ahí, sigue siendo necesario superar el clásico paternalismo de la medicina en general y de la atención de salud mental en particular -quizás aún más evidente- para, aceptando el protagonismo central de la persona, pasar a un modelo de relación basado en las decisiones compartidas.

Las personas afectadas y sus familiares no pueden asistir como meros espectadores-consumidores ante los servicios ya establecidos (López, Marín y de la Parte, 2004) sino que deben tener oportunidades de interactuar con los profesionales en su definición, en el establecimiento de las prioridades y en la manera como evaluarlos.  Mejorar la experiencia de la persona atendida es un reto para los servicios: significa disponer de mecanismos que sepan evaluar el conjunto de sus relaciones con el sistema de atención, y no solo con percepciones subjetivas que evalúan pasivamente la satisfacción.

En definitiva, para que las políticas estratégicas, en el campo de la salud mental, conecten verdaderamente con las necesidades de las personas y la comunidad, no es suficiente con definirlas. Es necesario que organizaciones, profesionales y personas afectadas compartan unos mismos objetivos y trabajen juntos. Se trata de un fino equilibrio que puede ser roto por muchos factores como los déficits de financiación, la formación sesgada de los profesionales, la falta de liderazgos sólidos o la mala gestión de la cultura y los valores de las organizaciones.

Este contenido no sustituye la labor de los equipos profesionales de la salud. Si piensas que necesitas ayuda, consulta con tu profesional de referencia.
Publicación: 5 de Octubre de 2020
Última modificación: 5 de Octubre de 2020

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Josep Ramos Montes

Josep Ramos Montes

Psiquiatra. Master en Bioética.

Comitè de Bioètica de Catalunya.Comitè d’Ètica de Serveis Socials de Catalunya. Fue asesor de la reforma de la atención a la salud mental en Catalunya (2005-2015)

Bibliografía
World Health Organization (WHO) (2015). The European Mental Health Action Plan 2013–2020. Copenhagen: WHO Regional Office for Europe.
López Fraguas (M.A.) , Marín González (A.I) & de la Parte Herreros (J.M.) (2004). La planificación centrada en la persona: una metodología coherente con el respeto al derecho de autodeterminación. Revista Siglo Cero , Vol.35 (1)

La Organización Mundial de la Salud (OMS) viene recogiendo desde hace años la necesidad de priorizar la atención a la salud mental a través de propuestas estratégicas que recojan un enfoque de salud pública dirigido a la promoción, prevención y tratamiento, enfatizando la intervención precoz antes de la etapa adulta, la lucha contra el estigma, la discriminación y la exclusión social. ¿Están consiguiendo estas estrategias dar la respuesta que espera y necesita la sociedad?

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