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¿Qué trascendencia tiene para usted el Día Mundial de la Salud Mental en el contexto actual de pandemia?

«El Día Mundial de la Salud Mental se empezó a conmemorar en los 90 y permite exponer las necesidades y las dificultades, estructurales o de recursos, con que nos encontramos todas aquellas personas que, de alguna manera, estamos en contacto con el mundo de la salud mental. Es también una gran oportunidad para aclarar conceptos erróneos y cambiar prejuicios adquiridos, y esa es la principal forma de luchar contra el estigma.

Hay que aprovechar la fecha para recordar que la salud mental es básica para el buen funcionamiento social, a veces se nos olvida. A fin de cuentas, si revisamos la definición que hace la Organización Mundial de la Salud (OMS), en su concepto más amplio, la salud mental es el estado de bienestar mental y emocional con el que las personas afrontan adecuadamente las numerosas tensiones de la vida cotidiana, este estado les permite llevar a cabo su propio plan de vida, desarrollar su potencial y funcionar de forma productiva y colaborativa con su entorno.  ¡Esto es una buena salud mental!

Si todos la tuviéramos sería una sociedad perfecta, pero no es así.  Por lo tanto, invertir en salud mental es invertir en salud y en el buen funcionamiento de la sociedad.

Este año, es especialmente importante recordar esta necesidad de inversión. Estamos inmersos en una pandemia mundial que nos hace vivir una situación muy anómala. Todas las investigaciones que se van publicando apuntan a que, además del sufrimiento por los fallecimientos sobrevenidos, esta crisis va a dejar secuelas y veremos síntomas de malestar emocional tanto en personas con trastorno de salud mental previo como en otras personas que no han padecido antes ningún problema. Todos sabemos que cuando hay una dificultad socioeconómica, como la que ya está aflorando, se genera un mayor malestar. Un porcentaje muy importante de las causas de las enfermedades mentales son externas, se les llama determinantes socioeconómicos, así que cuantos más estresores tengamos en este sentido peor salud mental y, por tanto, peor será nuestro funcionamiento social».

La OMS y la ONU pusieron especial hincapié la pasada primavera en la necesidad de invertir más en los programas de salud mental ¿Dónde cree que se debería priorizar la inversión o qué modelo de atención en salud mental deberíamos estar aplicando?

«Hablar de un modelo general no permite ser preciso, es necesario adaptar los modelos a cada realidad y a cada territorio, pero hay diversos aspectos a tener en cuenta y que serían prioritarios a mi entender:

  • La dotación de recursos.

En el mundo hay grandes desigualdades no solo en la cantidad de recursos sino también en la forma cómo se aplican estos recursos, pero en general, según datos de la OMS, incluso aquellos países con un PIB elevado tienen un déficit en la inversión en salud mental si comparamos con otros departamentos. Por tanto, la falta de inversión en la prevención y la promoción de la salud mental es la norma.

En países con PIB bajo o mediano, se calcula que más del 70% de las personas que sufren un trastorno mental no son atendidas. A nivel mundial, hay menos de 1 profesional de la salud mental por cada 10 mil personas. Eso significa que la salud mental está muy poco dotada.

Lo prioritario es dotar de recursos humanos y estructuras para crear o mejorar servicios de salud mental.

Y, además, hay que asegurar su disponibilidad y accesibilidad y que estos estén alineados con la Convención de Derechos Humanos. En muchos países del mundo, no se respetan los derechos humanos de personas que padecen, por ejemplo, trastornos mentales graves.

  • La apuesta por un modelo de salud mental comunitaria.

 ¿Eso qué significa? Pues que la acción terapéutica se realiza mayoritariamente en la comunidad, en el lugar donde la persona vive y tiene su espacio de relación. Este modelo pretende evitar ingresos de larga duración que producen desarraigo social y mayor dificultad para volver al entorno que le es propio. La aplicación de este modelo debe realizarse junto a los dispositivos de la comunidad no sanitarios, en un enfoque global de salud mental. Ese es el punto clave de la cuestión: la salud mental no es cosa solo de la sanidad.

Es fundamental que la salud mental se introduzca en espacios no sanitarios: en dispositivos sociales, en las escuelas, las empresas, en las organizaciones deportivas, en todos los espacios relacionales, en definitiva.

Una buena política de bienestar social es la mejor política de prevención en salud mental.

Estos modelos, naturalmente, luego deben adaptarse a cada sociedad y ser sensibles a las poblaciones vulnerables. Hay personas o grupos que sabemos que tienen más prevalencia de enfermedad mental y, por tanto, hay que articular estos servicios en función de estos grupos.

El modelo de atención de salud mental comunitaria no es homogéneo, ni siquiera en España. Hemos avanzado mucho y lo notamos en los presupuestos de salud mental. En Catalunya, por ejemplo, ya se invierte un poco más en comunitaria que en hospitalaria pero aún queda camino.

Inversion salud mental en Cataluña

También es cierto que los servicios comunitarios tienen que ser mucho más proactivos, acercarse más a los grupos a los que no accedemos, que no encuentran su lugar tal vez porque no ofrecemos la respuesta que ellos buscan o tal vez porque no hemos podido contactar.

  • La detección precoz.

La detección precoz es la mejor respuesta. Ya se han establecido programas específicos para los primeros episodios psicóticos. El ámbito infanto juvenil tiene un amplio recorrido por delante. En el caso de la pandemia, sabemos que hay muchas personas que tienen síntomas de malestar o de estrés postraumático o duelos más o menos patológicos por una muerte abrupta. Es importante atenderlos de forma precoz para que tengan un mejor pronóstico».

¿Responden las actuales estrategias de mejora de la salud mental a las necesidades de las personas y la comunidad?

 

En este sentido ¿coinciden las necesidades de la ciudadanía con lo que el sistema les ofrece?

Los servicios deben ser más proactivos, abiertos y tolerantes cuando se dirigen a aquellas personas con mayor dificultad de acceso o de adherencia.

«Tienen que pretender ser cuanto más accesibles y personalizados mejor. En la planificación de los servicios, a menudo se utilizan indicadores técnicos, teóricos, a veces con datos no muy exactos. Con esta información se planifican los grandes servicios para los grandes síndromes, pero se dejan fuera a personas con síndromes intermedios o no mayoritarios o con problemas muy complejos y que no encuentran un itinerario terapéutico para ellos. Esto, por fortuna también se va modificando, aunque será lento. En muchos territorios, esta planificación ya se está haciendo en colaboración con los diferentes agentes: con las asociaciones de primera persona, con las asociaciones de familiares, con las sociedades científicas… Y todo eso hace que los planificadores tengan mayor información para poder ubicar recursos económicos donde entiendan que puedan ser más efectivos.

El futuro en salud mental es la planificación de los servicios de forma colaborativa entre todos los agentes. Solo aquellos que usan el servicio o que ven la necesidad de su uso pueden tener la sensibilidad suficiente como para decir qué es lo que precisan. Por otro lado, un territorio o país tiene que saber cómo se puede dotar, no siempre se puede hacer todo lo que se quiere. El presupuesto nunca es infinito, por tanto, hay que llegar a ciertos pactos para ver hasta dónde llegamos».

El modelo de recuperación, un cambio de paradigma en el abordaje de la salud mental

¿Y en qué momento estamos en estos pactos colaborativos entre los agentes?

«Diría que estamos en fase colaborativa y adquiriendo confianza mutua, pero nos falta trayectoria que nos permita superar las dificultades. Por ejemplo, en el Parc Sanitari Sant Joan de Déu estamos desarrollando un programa piloto con Federació Veus en la que tres personas con experiencia en primera persona intervienen con los equipos en distintos dispositivos. La idea es buenísima, pero tenemos todavía dificultades en la ejecución, en parte por falta de regulación.

Hay que contar con todo el mundo para repensar los servicios y, por tanto, estas políticas actuales que están empezando y que necesitan más recursos son importantes. Conociendo los intereses de todos los sectores afectados se podrán tomar mejores decisiones, siempre respetando los equilibrios y necesidades sociales».

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Cerca de 1.000 millones de personas tienen un trastorno mental y cualquier persona, en cualquier lugar, puede verse afectada. Pese a la magnitud de las cifras, la salud mental sigue teniendo un déficit de inversión y de recursos en términos generales. El Día Mundial de la Salud Mental, que se conmemora cada 10 de octubre, está marcado este año por la situación global de la pandemia de la COVID-19. Una realidad que tiene y tendrá efectos directos sobre el bienestar emocional de la población. Hablamos de las prioridades, los modelos de asistencia y las necesidades de la ciudadanía con Joan Alvarós Costa, psiquiatra y director de Salud Mental en Parc Sanitari de Sant Joan de Déu.

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