Judith, madre de una adolescente que tiene una anorexia nerviosa

«Todos tendríamos que tener la información básica para poder actuar ante un trastorno de la conducta alimentaria»

SOM Salud Mental 360
Redacción
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Judith, mare d'una noia amb anorèixa nerviosa
Este contenido no sustituye la labor de los equipos profesionales de la salud. Si piensas que necesitas ayuda, consulta con tu profesional de referencia.

¿Recuerdas cómo empezó todo, cuándo empezasteis a notar que algo pasaba?

«No hay un día concreto, sino varias alertas que ahora, con la información que tengo, no me hubieran pasado por alto. Cloe hacía algunos meses que quería adelgazar y también hacía algún tiempo que estaba muy callada en las reuniones familiares, cosa que atribuía al hecho que era adolescente y que quizás era más introvertida. Pero durante el confinamiento por la pandemia se tomó muy en serio esto de hacer dieta, y se bajó una aplicación para contar las calorías. Tuvo algún episodio de mareos en la playa y ya veíamos que algo no iba bien, pero no podíamos identificar qué era, no sabíamos qué pasaba».

¿Hubo otros alertas que entonces no supisteis relacionar con la enfermedad?

«Ahora, mirando atrás, tengo claro que, por ejemplo, ya no es normal estar en la ESO y querer adelgazar. No lo podemos normalizar porque no está bien. Pero también había otras cuestiones, como el estado de ánimo, la tristeza, la irritabilidad y el aislamiento. Empezó a incrementar las verduras, a comer despacio, y nosotros pensábamos que lo hacía para mejorar los hábitos. También empezó a pedir alimentos que no eran habituales en casa, como los productos “light”, salsa picante o bebida de coco, y los quería guardar en un armario separado del resto, y comía a unas a horas determinadas. Y ahora también sabes, porque nos lo han dicho los profesionales, que la manera de hacer ejercicio que tenía antes de empezar con las dietas ya era la enfermedad. De todo te vas enterando poco a poco».

¿Cómo abordasteis la situación con ella? ¿Qué reacción tuvo?

«En casa le decíamos que si no ponía remedio, tendríamos que pedir ayuda fuera, que se le estaba escapando de las manos, y su hermano le repetía que estaba comiendo muy poco. Al principio no se enfadaba, porque no es su carácter, pero simplemente no hacía caso. Al final, no tenía ni energía para enfadarse. Pero claro, es que ni ella ni nosotros sabíamos qué estaba pasando. Yo ahora creo que ella estaba pidiendo ayuda de alguna manera; sin decirlo, su cuerpo hablaba».

Y a partir de aquí, ¿qué hicisteis? ¿Qué circuito seguisteis y a quién acudisteis?

«Cuando ya vimos que algo pasaba, que algo no iba bien, intenté contactar con mi médica de cabecera, pero estábamos con la COVID y pasaron días hasta que me pudo volver la llamada. Le pedí una analítica, pero me dijo que quizás hasta septiembre no le podrían hacer. Comenté con ella la posibilitado de vehicularlo por el Servicio de la Mujer, y estuvo de acuerdo. Entonces llamé a una comadrona que conocía de un curso que había hecho y que sabía que participaba en unas sesiones para jóvenes en el mismo centro de atención primaria. Ella me contactó con la psicóloga de estas sesiones, que fue la primera profesional que vio mi hija y lo tuvo claro. Ellas fueron mis ángeles de la guarda. La semana siguiente le hicieron una analítica y el mismo día me llamó una mujer con una voz desesperada diciendo que la teníamos que llevar a urgencias de Vall d'Hebrón. La psiquiatra de guardia nos hizo el diagnóstico: anorexia nerviosa. Aquí empezó todo lo desconocido para nosotros. Nos derivó al Hospital Sant Joan de Déu, y nos dijo que estaríamos en muy buenas manos, que era un centro de referencia en el tratamiento de este trastorno. Y así fue, porque pasamos de sentirnos desesperados y sin saber qué hacer a sentirnos muy acompañados».

¿Cómo ha impactado este trastorno en el resto de la familia? Y, concretamente, ¿qué ha supuesto para su hermano?

«Es un cambio muy grande. Tener a una persona con una enfermedad mental en casa es muy complicado. Hay momentos de mucha tensión, con reacciones y conversaciones que crean crispación. En este caso, las cinco comidas que tiene que hacer al día representan momentos de enfrentamiento familiar. Constantemente nos tenemos que enfrentar por cuestiones que para nosotros son absurdas, pero para ella son importantes. Y, además, la enfermedad hace que desarrolle estrategias para engañar y mentir. Ahora tenemos claro, porque nos lo han remarcado, que tenemos que separar la enfermedad de la persona, y esto te ayuda a entender, a calmarte, a no ponerte al mismo nivel. A su hermano le ha afectado mucho que haya cambiado la relación con ella y, sobre todo al principio, no entendía que su hermana lo engañara, que hiciera cosas a escondidas de él. Cuando todo estalló, vimos claro que solos no podríamos llevarlo».

Ahora tenemos claro, porque nos lo han remarcado los profesionales, que tenemos que separar la enfermedad de la persona, y esto te ayuda a entender, a calmarte, a no ponerte al mismo nivel.

Pero al mismo tiempo, el papel de la familia es importante para la recuperación de vuestra hija. ¿Cómo es este acompañamiento diario?

«Al principio se nos hizo muy difícil porque no tienes experiencia ni conocimientos, pero poco a poco los vas adquiriendo. Nosotros tenemos que seguir las pautas que nos dan los profesionales, que nos enseñan unos hábitos de salud que aplicamos en casa. Pero no es fácil, porque cada día que le pones un plato en la mesa a tu hija recibes una crítica y a veces incluso te puedes dejar llevar por sus razonamientos muy argumentados y caer en la tentación de ponerle menos comida, por ejemplo. La psicóloga nos dijo un día una cosa que nos liberó mucho: “Vosotros le tenéis que poner el plato en la mesa, si se lo come o no es trabajo nuestro valorarlo y controlarlo”.  

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También procuramos hacer otras cosas, distraerla, que la comunicación no gire solo en torno a la enfermedad. Tienes que sacar las fuerzas y la energía de donde sea, aunque pases noches sin dormir de preocupación. Hay momentos muy críticos, en que harías o dirías cosas que no tienes que decir. Por eso son muy importantes las sesiones de los grupos multifamiliares en los que aprendemos que la culpa y la angustia no ayudan nada, y que tenemos que trabajarlos cuanto antes mejor. Hablamos de emociones que a nosotros nos ayudan a comprendernos como padres y que a ella le ayudan a comprenderse a sí misma». 

En cuanto a la escuela, ¿crees que está preparada para afrontar una situación así?

 

«Creo que en el instituto no se habían encontrado nunca con un caso exactamente así. Nosotros estamos muy contentos con este centro, pero te das cuenta una vez más que les falta información y conocimiento. También depende mucho del profesor y de su implicación, pero en general sé que hacen lo que pueden, y más teniendo en cuenta la situación de pandemia en la que nos encontramos». 

¿Ha podido compatibilizar los estudios con el tratamiento hospitalario?

«Tiene un currículum adaptado para seguir los estudios. En el hospital hay una maestra que hace de enlace con el instituto para hacer un seguimiento. Cuando está en el programa de hospital de día de once horas, en el mismo hospital dedican un tiempo a hacer las tareas del instituto, pero siempre nos han dejado claro que en estos periodos es más importante la enfermedad que los estudios. En algún momento que asistía más a clase, la vi nerviosa, y detectamos que quizás tenía demasiada carga en el instituto y que no le iba bien, pero llamé y enseguida reaccionaron». 

¿Cómo han reaccionado los amigos? ¿Le hacen apoyo, se alejan de ella, no saben qué hacer?

«Hay una amiga estupenda que ha estado a su lado desde el comienzo y algunas personas próximas que miran de distraerla. Pero esta enfermedad te aleja de las amistades, hace que te aísles, que te cierres y esto lo complica mucho. Su amiga, por ejemplo, no sabe cómo hacerlo, porque si te acercas, no quiere, y es muy complicado estar a su lado. A menudo esta chica me dice que no sabe dónde está la amiga que tenía. Desde el hospital miran de empujar y desde casa también, pero no es fácil». 

Otro tema importante para los adolescentes son las redes sociales, que son su medio de información y comunicación por excelencia. ¿Qué influencia crees que han tenido en el desarrollo de la enfermedad?

«Me cuesta saberlo. Hasta los quince años no tuvo móvil. En el momento en el que lo tuvo, nosotros no estábamos pendientes de qué miraba. Sí que seguía muchas youtubers fantásticas, pero como todos los adolescentes. Pero lo que más seguía en las redes sociales era el tema de las comidas, la preparación de platos, las imágenes de comidas...».

¿Crees que vuestro entorno ha entendido el trastorno que sufre vuestra hija y las consecuencias que se derivan?

«No, no lo entienden. En general no. La familia más próxima ha sufrido mucho, sobre todo los abuelos, que en plena pandemia tuvieron que pasar por eso también. Ellos hacen lo que pueden y tienen siempre buenas intenciones, pero una vez más, el desconocimiento hace que a veces no sepan cómo actuar. Un ejemplo de esto pasó visitando a un familiar, que le dijo “ahora, con el tipo que te está quedando, te tendrías que poner faldas”. Lo dice con afecto, sin saber que hay que evitar todas las referencias físicas, los estereotipos, la imagen corporal, etc».

¿Consideras que la sociedad, en general, y ahora que lo habéis vivido en primera persona, está bastante concienciada, informada y sensibilizada sobre los trastornos de la conducta alimentaria?

«La gente en general no asocia la anorexia con una enfermedad de salud mental. A veces da pereza explicar las cosas, porque estamos muy tocados y nos cuesta mucho. Pero hay que informar, sensibilizar más. Hay mucho de mito, parece superficial, pero en realidad es muy intenso todo, son cosas muy humanas. Creo que estas últimas semanas se está hablando algo más en la prensa sobre las enfermedades mentales y esto es bueno, porque los testimonios hacen más visibles estas  enfermedades. Creo que todos tendríamos que tener las alertas, el conocimiento y la información para poder actuar. Solo si estamos informados podremos reaccionar como sociedad».

Hay que hablar más, porque solo si estamos informados podremos reaccionar como sociedad ante estos trastornos.

¿Qué les puedes decir a las familias que ahora empiezan a encontrarse en esta misma situación con algún hijo o hija?

«Si tienen dudas, tienen que ir al centro de atención primaria o a un profesional de salud mental. Que no se queden nunca con la duda. Si ya están en el proceso, plena confianza con los profesionales y que les consulten cualquier cosa que les pase por la cabeza, sin miedo, y por muy insignificante que les pueda parecer.  Que tengan presente que su hijo o su hija hace las cosas lo mejor que puede y que sabe, que sufren muchísimo. Y, sobre todo, mucha paciencia».

¿Cómo estáis ahora? ¿Os veis esperanzados?

«Sí, desde el primer momento siempre hemos sido positivos, a pesar de saber la gravedad de esta enfermedad, que a veces acaba con la muerte. Tienes siempre aquella cosa de pensar “qué pasará”, pero hemos aprendido que esta enfermedad es como una espiral de una libreta, que vas subiendo por un camino que no es recto, que no sabes en qué punto estás, pero que vas evolucionando». 

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Judith es la madre de la Cloe, una chica de dieciséis años que tiene una anorexia nerviosa. Esta enfermedad mental ha cambiado las dinámicas en una familia que se enfrenta a una situación totalmente nueva para la que nadie está preparado. La información y la confianza con los profesionales han estado básicas para que Judith, su marido y su hijo también adolescente puedan acompañar a Cloe en su proceso de recuperación.

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