Dr. José Soriano, psiquiatra y psicoterapeuta familiar. Coordinador de la Unidad de TCA y de Terapia Familiar en el Hospital de la Santa Creu i Sant Pau. Asesor del Pla director de salut mental i addiccions.

«Necesitamos campañas de prevención eficaces para frenar el incremento de los TCA»

SOM Salud Mental 360
Redacción
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José Soriano Pacheco

¿A qué considera que es debido este aumento de casos de trastornos de la conducta alimentaria, que afectan cada vez más a la infancia?

«Creo que hay varios factores que están ayudando a este continuo incremento de casos y al descenso en la edad. El periodo de pandemia y de confinamiento supuso para muchas personas perder algunos mecanismos de control social, como la escuela o el contacto con los compañeros, y pudo suponer también entrar más en redes sociales y encontrarse con mensajes que no son favorables o que incitan a desarrollar un trastorno alimentario u a otras situaciones de riesgo. El confinamiento, está claro, y la pandemia en general, han perjudicado a la gente joven y eso se ha visto en el incremento no solo de trastornos alimentarios, sino también de otros problemas de depresión y de intentos de suicidio.

Pero con una visión más global, realmente llama la atención que a pesar de que se habla mucho de trastornos alimentarios y que se intenta hacer prevención y que las escuelas y las familia estén sensibilizadas al respecto, no parece que desciendan las cifras, sino que siguen aumentando y hay un descenso en la edad de inicio de estos problemas. Y probablemente tiene que ver con movimientos sociales más generales, que apuntan a una «adultización» o más bien a un adelanto de la adolescencia. Parece que tenemos hijos, sobretodo niñas, que ya son adolescentes con diez años y que empiezan a tener una preocupación por la imagen y por el peso que no tocaría con esas edades. Esa preocupación temprana por estos temas, junto a la exposición que hay en redes sociales a influencias muy diversas y la poca presencia parental en todo este conglomerado de cosas, yo creo, y otros autores también lo piensan, que están haciendo más vulnerable a la población infantil o preadolescente. Y por eso estamos presenciando continuos problemas alimentarios en niños y niñas de nueve, diez y once años, cuando hace un tiempo lo normal era que aparecieran a los catorce, quince y dieciséis años. Pienso que que son cambios sociológicos que están favoreciendo que no disminuyan estos problemas».

Ante esta situación de incremento de casos, se habla a menudo de la necesidad de implementar nuevos modelos de atención a las personas afectadas. ¿Cuáles son las claves de este abordaje?

«Quizás hablar de nuevos modelos puede resultar engañoso, en el sentido que los tratamientos de los TCA ya son conocidos de hace tiempo y posiblemente lo que hay que hacer es implementarlos de la manera más eficaz que se pueda. Y teniendo siempre presente que el mejor tratamiento es hacer una buena prevención de la aparición de estos trastornos, porque incluso los mejores tratamientos no dan garantías de la recuperación de la persona. Pero junto con los tratamientos más habituales en estas situaciones de trastornos alimentarios, en los últimos tiempos se habla de modelos o programas de atención domiciliaria para casos que no sean especialmente graves, que consistirían en trabajar en casa con ayuda de la familia o de las personas con las que conviva la persona afectada. También podemos hablar de las intervenciones grupales, donde se se están poniendo en marcha nuevas técnicas psicoterapéuticas como el mindfulness o las terapias de tercera generación, que parece que también pueden ayudar a tener mejores resultados en cuanto al tratamiento.

Pero la base central del tratamiento se sigue manteniendo: trabajar por un lado los aspectos fisiológicos o físicos de la persona, teniendo en cuenta el cuerpo y la recuperación de un peso, de un índice de masa corporal y de una nutrición normales, y también la parte psicológica, trabajando las ideas erróneas que tienen estas personas. Y luego el entorno, trabajar con el grupo de pertenencia, que suele ser la familia, para ayudar a recuperar unos hábitos saludables que luego se puedan mantener. Porque en muchos casos el reto no es solo el tratamiento en agudo, en recuperar a la persona y conseguir que coma, sino conseguir que luego esto se mantenga en el tiempo y haya una recuperación de todos los aspectos sociales, académicos… El abordaje es complejo y multidisciplinar».

En este entorno, y sobre todo en el caso de los adolescentes, las familias juegan uno de los papeles más importantes en la prevención y recuperación de la persona afectada. En este sentido, ¿de qué hablamos cuando hablamos de abordaje familiar y por qué es tan importante aplicarlo?

«Debemos tener presente que esa persona normalmente está en un núcleo familiar, y que aunque esté un tiempo ingresada o con algún tipo de tratamiento individual, luego vuelve a ese núcleo familiar donde ha surgido el problema alimentario. Hay que explorar, por una parte, si hay aspectos del funcionamiento familiar que han podido favorecer el inicio del trastorno, como pueden ser malos hábitos dietéticos o costumbres alimentarias que no son del todo adecuadas, e intentar corregirlas (el aspecto más psicoeducativo). Pero luego también hay que estudiar las interacciones familiares y ver si de alguna manera están contribuyendo a favorecer algunos elementos que son importantes en el desarrollo y mantenimiento del TCA, como pueden ser las características de perfeccionismo o de mucha obsesión: tener un hijo o hija perfectos, la exigencia máxima, el máximo rendimiento… Podemos ayudar también a cambiar estos patrones de interacciones familiares que pueden contribuir después a que la recuperación sea más completa.

La familia, desde luego, puede ser un motor de cambio importante. Algunas familias se declaran impotentes y dicen que no saben qué hacer, pero normalmente tienen recursos y en estas intervenciones sistémicas se buscan estos recursos y se les ayuda a encontrar un camino para salir adelante y dejar atrás el problema alimentario. Y no siempre es fácil, y a veces se alarga tristemente y los profesionales estamos varios años ayudando a salir de estas situaciones. Contar con las familias es un valor añadido al tratamiento».       

¿Se están llevando a cabo este tipo de intervenciones en la mayoría de los centros o aún hay camino por recorrer?

«Se va teniendo cada vez más presente la participación de las familias en los tratamientos en la mayor parte de los centros, pero según la disponibilidad de recursos de cada centro, esta intervención será mayor o menor. A veces se tiene que limitar a dar recomendaciones y pautas y ya está, y queda un poco pobre, y cuando hay recursos, se puede trabajar más intensamente y más a largo plazo con estas familias. Si tienes tiempo y personal, incluso se pueden hacer grupos multifamiliares, agrupar diversas familias y trabajar con ellas, para que se ayuden entre ellas en este proceso que suele ser largo, doloroso, y en el que las emociones y los sentimientos no siempre son positivos. Hay casos en los que te encuentras padres desesperados, que casi tiran la toalla, que incluso pueden llegar a rechazar al hijo o hija con un trastorno alimentario que no acaba de solucionarse con el tiempo y que, igual que pasa con problemas de drogodependencia, a veces no acaban de entender y piensan que la persona deja de comer o come en exceso porque quiere, culpándola, cuando en realidad es víctima y no verdugo y no es culpable de nada, sino que sencillamente ha caído en este problema y hay que ayudarla a salir de allí.

Las familias no deben caer en la desesperación y la impotencia, ni en discusiones entre los progenitores sobre cómo manejar la situación, para poder ayudar lo más eficazmente posible a la persona con TCA. Algunas veces encontramos alguna familia que tienen mucha capacidad y que ya sabe cómo hacerlo, pero en general no es lo normal. La familia suele necesitar mucha ayuda».

El mejor tratamiento es hacer una buena prevención, porque incluso los mejores tratamientos no garantizan que la persona se recupere

Acostumbramos a hablar sobre todo de los TCA en la adolescencia, pero este trastorno afecta también a las personas adultas. ¿Cuál es este nivel de afectación en nuestro país y qué diferencias básicas existen respecto a los niños o adolescentes con este trastorno?

«Las cifras que se manejan normalmente se suelen referir a la etapa de entre los 14 y los 20 años, que es cuando hay mayor incidencia de casos, porque realmente es el periodo en el que hay más riesgo. Pero es cierto que hay muchos adultos con problemas alimentarios, y las cifras allí no son tan claras, algunos estudios apuntan unos datos y otros estudios hablan de otros números. Pero lo que sí da la impresión en estos estudios es que los trastornos alimentarios en adultos van en aumento. De alguna manera hay un cierto fenómeno de contagio de mostrar el malestar, que muchas veces es de tipo ansioso o depresivo, a través del cuerpo, de las dietas de adelgazamiento y del descontrol con la comida. Y por eso cada vez hay más TCA en adultos. Y hay un trastorno que tiene ahora una entidad propia, que es el trastorno por atracón, que sería como una forma de bulimia sin mecanismos compensatorios, cuyas cifras van asociadas muchas veces a problemas de obesidad o de sobrepeso. Muchos de estos casos de obesidad, un problema cada vez más serio en nuestra sociedad, un poco a semejanza de lo que ocurre en la sociedad americana, tienen detrás un trastorno por atracón.

Cada vez hay más TCA en adultos, porque hay un cierto fenómeno de contagio de mostrar el malestar a través del cuerpo, de las dietas de adelgazamiento y del descontrol con la comida. 

Por lo que se refiere a las diferencias entre los trastornos alimentarios en personas adultas y adolescentes, la persona adulta que empieza con este trastorno normalmente ya ha desarrollado algunos estudios o completado alguna fase de su formación, incluso a veces está ya trabajando, y puede ser que la repercusión sea algo menor para ella. En un adolescente, un TCA puede truncar los estudios en etapas muy precoces e impedir su desarrollo formativo, incluso puede perder la adolescencia en muchos de los casos. Estos aspectos pueden repercutir en la formación de su personalidad más que en la del adulto. Al adolescente le puede afectar mucho más un trastorno que se puede alargar durante años y que puede truncar muchas posibilidades de desarrollo y de hacer muchas cosas en la vida».

¿Cuándo podemos considerar que existe una cronicidad del trastorno? ¿Se ha incrementado también el número de casos de cronicidad en los últimos años?

«Clásicamente, se hablaba de que hasta un 20% de los casos se podían cronificar. Con tanta preocupación por el tema y con la mejora de los tratamientos se han reducido estas cifras de cronicidad y, en la actualidad, manejamos más un porcentaje de un 10% de casos. Parece poco, pero para una persona que empieza con el trastorno en la adolescencia es tristísimo pensar que puede quedarle el problema de forma crónica. Aunque parece casi imposible que con prevención desaparezcan del todo los trastornos alimentarios, tenemos que aspirar a conseguir reducir este porcentaje. Pero a todas las personas afectadas y a las familias hay que transmitirles la esperanza de que sí se pueden recuperar de este problema, aunque tarden años, aunque lleven cinco años con él. Puedes empezar a los 14 años y con 20 años no se te puede etiquetar como paciente no recuperable, sino que hay que seguir trabajando y aplicando tratamientos para conseguir el máximo de recuperación posible.

Según los criterios de la OMS, a partir de los dos años de evolución de una enfermedad ya se habla de cronicidad. Pero en los problemas alimentarios no manejamos estos números, porque un TCA puede durar tres, cinco u ocho años, y se podría hablar de cronicidad pero no de irreversibilidad. Normalmente los cuadros crónicos en medicina no se pueden recuperar, pero en los casos de TCA, en la anorexia y la bulimia, el problema siempre es recuperable, excepto en algunos casos tan graves que te hayas dañado a nivel corporal, pero en general un caso de bulimia o anorexia, incluso con tiempos muy prolongados, es recuperable. Así que podemos hablar de cronicidad, pero no de irreversibililidad».

En el caso de los adolescentes, suelen ser los padres quienes hacen el primer paso de traer a su hijo para iniciar un tratamiento. ¿Qué pasa con los adultos? ¿Suelen ser ellos quienes toman conciencia del problema y acuden para pedir ayuda?

«En general, son personas que vienen por su propia voluntad y solicitan ayuda. Esto está en función del grado de conciencia que tengan sobre su problema. Hay adultos que se dan cuenta que no están funcionando bien con la alimentación y vienen a pedir ayuda. Yo creo que son la mayor parte, aunque algunos adultos se dejan ayudar por la familia, o la pareja o el grupo de amistades, que los acompañan y luego también contamos con ellos para el tratamiento. En adultos, también es importante contar con ellos, porque aunque lo fundamental es el deseo de cambio de la persona, que dice «yo no quiero seguir así», contar con ayuda externa siempre es útil, es un plus en el tratamiento». 

Supongo que en este caso el rol de la familia cambia bastante respecto a los adolescentes, ¿no es así?

«Sí, varia bastante. En el menor de edad, la autoridad es de los padres (algo cuestionable en el caso de algunos adolescentes) y las pautas o recomendaciones son más fáciles de seguir. Con la persona adulta hay que negociar más, hay que hacerle entender que esa ayuda que le puede dar la pareja o la familia no es una pérdida de poder o algo que se vaya a mantener en el tiempo, sino que es una situación transitoria en la que se tiene que dejar ayudar y aconsejar en algunos aspectos, porque la persona afectada, en un momento dado, puede perder la perspectiva sobre qué cantidades de comida son las adecuadas, si tiene que frenar en algún momento…. Tener una ayuda externa es muy útil. En los hospitales o en los centros de día de los TCA es fácil de hacer, porque estamos nosotros acompañandoles, pero muchas personas adultas luego nos dicen que no saben qué hacer en su casa y se pierden. Por eso es importante contar con alguien que les ayude, no solo en el ámbito alimentario, sino también en otras cuestiones, porque el mundo interior de una persona con TCA tiene todo tipo de demonios, de fantasmas y de temores, y hay una gran ansiedad, y tener al lado alguien que te ayude a manejar estos miedos puede ser muy útil».

A la persona adulta  hay que hacerle entender que la ayuda de la pareja o de la familia no es una pérdida de poder y que no se mantendrá en el tiempo

¿Y si la persona adulta necesita ingresar y no quiere? ¿Hasta qué punto es ético obligarla?

«Es un tema que nunca va a tener una respuesta fácil. ¿Dónde se acaba la libertad individual, el derecho a decidir, frente al riesgo que puede suponer para la vida de una persona? Esto pasa en otras ramas de la medicina también y muchas veces es una cuestión a debate. Yo creo que se debe conocer bien a la persona afectada, intentar establecer un vínculo de confianza con ella y, si los profesionales responsables están convencidos de que es la única solución a corto plazo –porque el ingreso involuntario no es la solución para el TCA, pero puede ser necesario en un momento dado–, pues hay que hacer lo posible para convencer a la persona. ¿Hasta dónde llegar y obligarla a que ingrese de forma involuntaria? Tiene que ser una decisión de equipo, pero siempre debemos hablarlo con la persona afectada. Estamos en un momento en el que siempre se empodera a las personas, se les anima a participar en las decisiones, y en un tema tan delicado como un ingreso debería ser así, explicándole e insistiéndole en que el equipo lo ve absolutamente necesario por su vida, por su integridad física o para darle un empujón y que pueda salir de la situación en la que se encuentra».  

La prevención es la herramienta más útil para que los casos disminuyan, pero ¿cómo y desde dónde debemos hacerla?

«Desde la escuela hay bastantes iniciativas puestas en marcha a nivel general, a nivel de Estado, para que se tenga presente la existencia de este problema y dar la información a la gente joven. Lo que ocurre es que durante mucho tiempo se hiceron campañas preventivas más de tipo psicoeducativas y orientadas hacia dar información sobre los problemas y los riesgos asociados a los trastornos alimentarios. Pero se ha visto que estas campañas más directas, más psicoeducativas, no tienen mucha eficacia, sobretodo para la gente joven, a la que los peligros y los riesgos no le asustan. Por eso, en los últimos tiempos se está trabajando más desde las escuelas y también en los ámbitos juveniles en incidir más en temas como la autoestima o los riesgos del perfeccionismo, es decir, en otros aspectos que están en las base de los trastornos alimentarios. Yo creo que aún se puede hacer más desde el ámbito escolar…

Y queda el ámbito familiar, al que es difícil llegar, porque hay una amplísima diversidad de familias y cada familia es un mundo y tiene unas particularidades, y aunque tu les mandes mensajes sobre los riesgos de los trastornos alimentarios o sobre la necesidad de comer en familia, de cuidar la alimentación y de no caer en las dietas, aquí la respuesta es más difícil de medir. Pero hay que incidir mucho en esta linea de trabajar con la familia y con la escuela, porque de verdad que es la única manera de evitar estos problemas. Se pueden poner en marcha muchos tratamientos y cada vez son más eficaces, pero no hay una seguridad absoluta de que vayamos a poder curar a una persona una vez empieza con un trastorno alimentario».

Hay que incidir en esta linea de trabajar con la familia y con la escuela, porque es la única manera de evitar los TCA

¿La perspectiva a corto plazo es pesimista o cree que se están poniendo medidas y los casos se van a reducir dentro de unos años?

«Con una visión más microscópica de lo que tenemos en las unidades y en los centros, puedes pensar que siguen llegando personas afectadas y que, después de la pandemia, tenemos casos de personas bastante graves, y esto podría llevarte a una visión un tanto pesimista. Pero desde una visión más macro, más de todo el sistema, viendo todos los tratamientos que se ponen en marcha y la preocupación por la prevención, a mi me hace tener una visión más optimista. Yo creo que a medio o largo plazo la «epidemia» (que no se puede hablar de epidemia) de los trastornos alimentarios realmente se controlará o podrá no seguir incrementando. Que sigan existiendo problemas alimentarios en la sociedad yo lo veo un poco casi inevitable, porque la alimentación y las dietas se han convertido en una parte muy importante de nuestra sociedad, hay mucha gente preocupada por esos temas, y es difícil que no haya personas que no vayan a equivocarse en su manera de relacionarse con la alimentación. Yo creo que eso es casi imposible que lo vayamos a evitar. Pero no que sigamos con este incremento de casos en personas jóvenes. Creo que si se implantan campañas de prevención eficaces, esto ayudará a que no continuemos con niños y niñas con diez u once años ya presentando problemas de salud mental que son graves».

Como asesor del Pla director de salut mental i addiccions de la Generalitat de Catalunya, ¿nos puede destacar alguna línea estratégica o alguna acción prevista ante el aumento de los casos de TCA?  

Desde hace unos años se ha puesto en marcha la Mesa de Diálogo para la prevención de los trastornos de la conducta alimentaria, en la que participan diferentes entidades y departamentos de la Generalitat, incluso los Mossos de Esquadra o departamentos de informática para prevenir delitos en Internet asociados a la apología de la anorexia y de la bulimia. También participamos en ella profesionales implicados en el tratamiento y la Associació contra la Anorèxia i la Bulímia (ACAB), y llevamos a cabo desde hace años campañas e iniciativas dirigidas a la prevención y la sensibilización.

Además, des de El Pla director de salut mental i addiccions se está intentando implementar más recursos y potenciar también la atención domiciliaria. Pero la última iniciativa que se quiere fomentar es la formación en el tratamiento de los TCA no solo para las unidades especializadas, sino para todos los centros de salud mental de Cataluña, para que desde estos dispositivos se puedan atender los problemas alimentarios. La idea es que un trastorno alimentario que se está iniciando se pueda tratar también desde un centro de salud mental, y quizás a veces se puede atajar ya en este nivel y que no pase a una gravedad que necesite una atención más intensiva o más especializadas Por eso soy optimista, porque creo que a la larga se tienen que notar todas estas iniciativas.     

 

Este contenido no sustituye la labor de los equipos profesionales de la salud. Si piensas que necesitas ayuda, consulta con tu profesional de referencia.
Publicación: 13 de Septiembre de 2022
Última modificación: 19 de Septiembre de 2022

El número de casos de TCA ha aumentado en los últimos años de manera preocupante, así como su aparición en edades cada vez más tempranas. El confinamiento durante la pandemia por COVID-19 fue el detonante de una situación que no parece cambiar. En este contexto, se hace imprescindible incidir en las campañas de prevención, en las que la familia y la escuela juegan un papel imprescindible.

Para el Dr. Soriano, con muchos años de experiencia tanto en la atención como en la prevención de los TCA, este será el camino que podrá frenar este incremento incesante de niños y adolescentes afectados por este problema. Pero también es importante reforzar y reformular los programas de atención y los tratamientos. En este sentido, apuesta por un abordaje que incluya un trabajo con el grupo de pertenencia y en el entorno de la persona afectada, ya sea adulta o adolescente.

Las iniciativas de prevención y unos tratamientos cada vez más eficaces hacen pensar al Dr. Soriano que a medio o largo plazo esta situación pueda cambiar y no tengamos que estar hablando de trastornos alimentarios en niños y niñas de nuevo o diez años.