Raquel Vallejo Agelet. Profesora de educación secundaria

«Me sentí culpable por no poder ayudar más a mi alumnado»

Este contenido no sustituye la labor de los equipos profesionales de la salud. Si piensas que necesitas ayuda, consulta con tu profesional de referencia.

Hace poco más de un año estaba con mi alumnado de 2º de la ESO en un pueblo-escuela, haciendo el crédito de Síntesis. Estábamos a unos 600 km de casa, sin mascarillas, ni distancias de seguridad ni webcams. Aislados como estábamos de las noticias que iban llegando, lo poco que veíamos sobre el coronavirus (aún no le llamábamos COVID-19) nos hacía sonreír y tildar de exagerados a los alarmistas. Llegamos a nuestra ciudad dispuestos a seguir con nuestras vidas urbanas. La vuelta al aula, no obstante, nos duró cuatro días: el siguiente jueves se dio la orden de cerrar los centros educativos durante 15 días.

Al principio, tanto el alumnado como el profesorado se tomó esos días como una prueba, una anécdota para recordar con los años, pero los 15 días se alargaron hasta final de curso a causa de la crisis sanitaria y se tuvo que hacer frente a la situación, invirtiendo mucho tiempo y esfuerzo por parte de todos, lo que hizo que se resquebrajara nuestra salud mental.

Recuerdo que, una vez asumimos que la nueva normalidad serían las clases virtuales, mis días eran siempre igual: levantarme por las mañanas, mirar los nuevos correos electrónicos que había recibido mientras estaba durmiendo, responder los urgentes, impartir las sesiones del día online, hacer reuniones telemáticas (equipos docentes, claustros, con los compañeros del departamento…), responder los correos electrónicos restantes de la mañana y los nuevos recibidos durante el día, llamar a las familias para saber sobre su situación, corregir las tareas de los alumnos y proponerles nuevos retos, investigar sobre recursos online, ayudar y ser ayudada con los problemas informáticos… y me iba a dormir repasando por última vez la bandeja de entrada. 

Escuela

El retorno a las aulas

Esta fue mi vida durante unas cuantas semanas, de lunes a domingo. Y lo fue hasta que mi pareja empezó a notar que estaba más irascible, que estaba siempre cansada, que no dormía bien y que siempre estaba conectada a lo que sucedía en el Classroom.

Tuve que parar y dar un paso atrás para poder dar lo mejor de mí profesionalmente: me impuse horarios de trabajo (solo los rompía por urgencias), añadí ejercicio físico en el salón de mi casa a mi rutina diaria y tuve que aprender a decir «no» a los requerimientos horarios de los compañeros y las compañeras que compaginaban la enseñanza a distancia con la ayuda escolar a sus hijos en casa. Además, retomé mis aficiones (ver películas y series, jugar a la videoconsola, leer, cocinar…) y pasé más tiempo de calidad con mi pareja.

Aunque ese cambio era bueno para mí, me sentí culpable muchas veces por creer que no llegaba a todo (que ahora veo que era imposible), por no poder prestar suficiente atención a todo mi alumnado, por no poder ayudarles más. Cada suspenso y cada tarea no entregada dolía más que en el instituto, porque era la prueba de estar fallándoles.

Por suerte, en septiembre volvimos a las clases presenciales, con otro curso y alumnado, en mi caso, y con muchas ganas de dejar atrás las clases online. Pero volvimos con miedo e inseguridad. ¿Serían suficientes las medidas sanitarias? ¿Nos infectaríamos? ¿Infectaríamos a otros? Ante esta incertidumbre, tanto yo como mi pareja cerramos mucho el contacto con nuestro entorno para no perjudicar a nadie y vivimos con mucha ansiedad las primeras semanas de «vuelta al cole» con los datos de alumnos infectados, clases confinadas, pruebas a realizar… más por no saber cuándo tocaría pasar por ello y qué consecuencias conllevaría.

Como todo en esta vida, adaptarse a ello es un proceso de aprendizaje. Después de unas cuantas cuarentenas por parte de alumnos, docentes y de mí misma, hemos aprendido a convivir con la pandemia en las aulas, a volver a un ritmo escolar más normalizado y, sobre todo, a volver a poner el foco principal en los y las adolescentes que pasan tantas horas en el instituto.

Adolescentes durante el confinamiento y el post confinamiento

El confinamiento y la desescalada fueron una prueba muy dura para todos, pero pude comprobar que para los y las adolescentes y pre adolescentes puede que lo fuera aún más. En una edad que empieza a haber independencia del núcleo familiar y más contacto con las amistades, las primeras relaciones de pareja… se encontraron aislados de todo ello y encerrados. 

Mientras no pudieron salir a la calle, la mayoría siguió en contacto con sus amistades a través de las redes sociales y durante las clases virtuales. Era curioso observar como algunos absentistas habituales no se perdían ni una hora o entregaban la mayoría de tareas. Sin embargo, el confinamiento dejó más aislados a los que no disponían de ordenador, móvil, conectividad o luz en casa.

Una vez empezaron las fases de la desescalada, los que ya habían cumplido los 14 años podían quedar por las mañanas para verse. Se levantaban muy temprano para apurar las cuatro horas de libertad (de 6:00 a 10:00), ya que no les dejaban salir durante el horario nocturno. A partir de entonces, algunos dejaron de lado la educación a distancia para reconectar con su gente. Los de 13 años, contrariamente, sólo podían seguir por las redes sociales con sus amistades, ya que su horario de salida era diferente (y, además, acompañados).

En septiembre, se hizo patente todo lo que sufrieron. La mayoría tenía muchas ganas de volver a las aulas. Algunos, de hecho, han mejorado su asistencia este curso. La alegría generalizada por el reencuentro se oponía a la visible tristeza de los que habían sufrido pérdidas de familiares los meses anteriores. También, a la incomodidad de los que sentían pánico por el virus (no solo a título individual, sino que algunas comunidades no han normalizado aún su presencia en las aulas por este motivo) o que habían hecho de su habitación su refugio, sin tanta gente ni ruido.

El curso les ha devuelto a todos a unas rutinas que en algunos casos se habían olvidado o descuidado, a volver a convivir con mucha gente, a seguir formándose como seres sociales, con sus peleas y disputas por resolver. Y a algunos les ha devuelto su espacio seguro, donde se sienten a salvo y valorados. 

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