Este contenido no sustituye la labor de los equipos profesionales de la salud. Si piensas que necesitas ayuda, consulta con tu profesional de referencia.

Cuando se habla de suicidio muchas veces solo se habla de cifras y porcentajes. De vez en cuando, una noticia se infiltra entre los grandes titulares periodísticos del día y, entonces, la sociedad se hace eco de que el Codi Risc Suïcidi (CRS) ha contabilizado, en 2020 en Catalunya, 601 tentativas en menores. Y que esto representa un incremento del 27% en relación al año anterior. Pero detrás de este titular vienen otros: la discusión política del día, la polémica de la que aún se habla sobre el gol del partido del sábado o la temperatura que sube y baja según la época del año. Y así, de la misma manera en que las cifras han aterrizado, salen volando en silencio, sin ser vistas.

Excepto para aquellos que estos números son o han sido nuestra realidad.

601 tentativas son 601 momentos en los que un menor ha decidido quitarse la vida porque cree que la muerte es la única salida posible de su sufrimiento. 601 momentos en que vidas a medio construir, con millones de experiencias por vivir, se hundieron. Son vidas de personitas con sueños, ilusiones, familia, amigos, problemas, aprendizajes y descubrimientos. Como la tuya, la mía, la de tu sobrina, la de tu hijo, la de tu nieto o la de tu pareja. Si lo entendemos, el 601 deja de ser una cifra.

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En algún momento yo también formé parte de esta estadística. Después de salir del armario como chico trans, y con un trauma importante en las espaldas que aún no había contado, me planté en primero de bachillerato con pensamientos constantes sobre la muerte y el suicidio. Nada me ilusionaba. Seguir una simple clase era una montaña gigante y, poco a poco, me fui encerrando en mí mismo, alejándome de los que me querían y me querían ayudar. Me sentía vacío, desesperanzado sobre el futuro, atrapado en un pozo de tristeza del que no sabía cómo salir. Y qué fácil hubiera sido saber que el primer paso y, quizás, el más importante, era hablar de lo que me estaba pasando…

Una noche, al límite del colapso, llegué al hospital; mi primer ingreso. De golpe, me encontré en un espacio donde tenía, y sobretodo podía, expresar mis emociones y pensamientos. Me diagnosticaron depresión, un trastorno mental que afecta a un gran número de personas, pero que sigue siendo invisible porque, una vez más, solo escuchamos las cifras. Hablar de lo que me hacía daño con los profesionales me permitió entender que, en pocas palabras, estaba enfermo. No era fuerte, ni débil, ni culpable de nada: alguna cosa de mi cerebro no funcionaba como debía. Y de la misma manera que cuando caemos y nos rompemos una pierna nos la dejamos enyesar, confié en quienes están preparados para tratar el cerebro para que me ayudasen a volver a vivir.

Los inicios no fueron fáciles. Casi siempre sentía que las ganas de morir eran como un remolino gigante que me tragaba y yo no podía hacer nada. Tristeza, rabia, desesperación.

Pero, poco a poco, con mucho trabajo con psiquiatras, psicólogas, trabajadores sociales, enfermeras, familia y amigos, la vida fue tiñéndose de nuevos colores de esperanza. Con los meses, la idea de que la muerte era la única salida al sufrimiento que tenia se hacía pequeña; y crecían las ganas de descubrir el mundo con toda su complejidad.

Sí, el dolor del trauma aún estaba muy latente, habitar el género de una manera que la sociedad no entendía no era sencillo, había muchos momentos malos y de mucha tristeza. Pero también empezaron a haber pequeños instantes bonitos, alegría, planes de futuro que me ilusionaban y razones para las que valía la pena vivir.

Un año y medio después de aquella noche, estoy sentado en mi habitación escribiendo este texto. Es una calurosa tarde de verano como cualquier otra, el sol baña de luz las calles y se puede palpar el silencio del mediodía. Hay calma. Aquella opresión en el pecho que empujaba hacia una decisión definitiva e irreversible para una situación temporal ha desaparecido; vuelvo a respirar.

Pero, permíteme hablarte directamente a ti, que crees que la muerte es la única solución a tu sufrimiento. Déjame decirte que, de verdad, entiendo cómo te sientes. No estás solo, a pesar de que a veces te lo parezca. Habla con alguien en quien confíes, pide ayuda a los profesionales. Habla con quien puedas y con quien te sientas cómodo, pero habla. Y escúchame…el mundo es un gran rompecabezas y todas las piezas son esenciales: tú también. (Recuerda que si estás pensando en quitarte la vida, siempre puedes dejarlo para más adelante, sobrevivir hoy y mañana, cuando salga el sol, ya volveremos a pensar en cómo matamos los monstruos). Te prometo, con la mano en el corazón, que todo mejora.

Y si eres familiar o amigo, escucha, escúchanos. Haz que sea fácil explicarte cómo nos sentimos. No nos juzgues. Ayúdanos a pedir ayuda y sentirnos seguros. Pero, sobre todo, escúchanos.

Respiro. Respira.

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