Dr. Wolfgang Rutz. Profesor de psiquiatría social en las universidades de Coburg (Alemania) y Uppsala (Suecia). Ex Asesor regional europeo de salud mental de la Organización Mundial de la Salud (OMS).

«El destino de las personas mayores debe ocupar el lugar que merece en todas las agendas políticas»

SOM Salud Mental 360
Redacción
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Dr. Wolfgang Rutz
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El debate social y político sobre cómo se ha gestionado la pandemia en lo que respecta al colectivo de personas mayores sigue vigente. ¿Cuáles son sus impresiones sobre esta cuestión?

«El aislamiento de los mayores, aunque se haya hecho con la mejor voluntad, para protegerlos y salvarles la vida, ha provocado en muchos casos una sensación de abandono en estas personas, ya que se han visto aisladas de sus parientes más próximos, algo que para muchas de ellas no ha sido fácil de comprender. 

Hay que tener en cuenta que la incomprensión, por parte de las personas mayores, de lo que está ocurriendo a su alrededor favorece su desgaste intelectual. No obstante, es preciso decir que la pérdida de capacidad intelectual o de memoria, que en cierta medida está relacionada con el proceso fisiológico de envejecimiento, normalmente no tiene que ver con la falta de reacciones emocionales.

La sensación de desatención prolongada, de abandono, aislamiento e indefensión puede llegar a ser muy fuerte y provocar fácilmente síntomas similares a los que se sufren en reacciones traumáticas de estrés, así como a los de estrés postraumático. 

Se trata de un campo poco explorado, tanto en investigación como en el desarrollo de estrategias terapéuticas específicas relacionadas con síndromes postraumáticos en personas mayores.

Los mayores, al igual que el resto de las personas, gozan de bienestar psíquico y físico cuando se dan condiciones aceptables en las cuatro dimensiones siguientes:

  • El control: no sentirse indefensos, sentirse responsables de su vida, experimentar la autonomía.
  • La conectividad: estar socialmente conectados y ser valiosos, capaces de amar y cuidar y de ser amados y cuidados por los demás.
  • La identidad: experimentar la dignidad y el respeto, el estatus y la identidad para ser aceptados como personas de pleno derecho.
  • La cohesión: experimentar sentido, que su vida tiene una dimensión y un significado individual.

Por lo general, se tiende a individualizar a las personas mayores, a diferenciar sus necesidades para evitar posibles padecimientos y favorecer el mantenimiento de su salud. Un modo factible de atender a las personas mayores sería explorar previamente las dimensiones anteriores en un diálogo narrativo intersubjetivista, buscar soluciones realizables para paliar los déficits en las distintas áreas, así como el modo de implicar a estas personas en lo que respecta a las cuatro dimensiones citadas, con el fin de establecer un programa de ayuda viable.

Soledad en personas mayores

Acompañando la soledad

El principal problema parece ser movilizar y asignar recursos que permitan aligerar este aislamiento de las personas mayores, crear los requisitos previos para un contacto adecuado y protegido con sus familiares y amigos. Pero si es posible hacerlo en otros sectores de la sociedad como la restauración, el deporte y la cultura, en los que existen grandes presiones e intereses económicos, también debería ser posible para la población mayor, aunque no tengan el mismo apoyo ni exista una presión social que vele por sus intereses.

Al fin y al cabo, son estas personas las que han creado las bases de las sociedades en las que vivimos y de las cuales nos beneficiamos. El contrato generacional de los viejos tiempos merece un renacimiento solidario y agradecido».

¿Cree que los gobiernos y la sociedad han prestado suficiente atención a lo que es importante para las personas mayores en lo que respecta a salud mental? ¿Se podrían haber hecho las cosas de otra manera?

«Nadie pone en duda la necesidad de mantener la distancia en la situación de pandemia. Y aunque las restricciones tienen su razón de ser, hay que entender que, al igual que para los niños y adolescentes, la proximidad emocional es también de vital importancia para este colectivo.

No se ha hecho suficiente para mitigar la demanda pandémica en lo relativo al distanciamiento social. A menudo esto está relacionado incluso con el estatus de las personas mayores en las sociedades europeas, que puede diferir mucho de un país a otro. 

En algunos países las personas mayores son muy respetadas y socialmente influyentes, y su experiencia es muy valorada. Mientras tanto, en otros existe la tendencia a considerar a los mayores una carga molesta, a pensar que ellos ya han vivido su vida, un argumento que sirve para dejar de atender a su importancia para la sociedad y para las nuevas generaciones en su conjunto. Así pues, en estos países los mayores son considerados un colectivo meramente consumista, en contraste con aquellos que están generando valor económico o que, al menos, crean tanto valor como el que consumen. 

Por otra parte, en otros países de Europa, las personas mayores son muy apreciadas y gozan de una posición a veces icónica en consejos de mayores como asesores políticos sénior, etc. Los reglamentos y legislaciones del mercado y el empleo suelen también estar influenciadas por la mentalidad del país en este aspecto.

En Suecia, por ejemplo, se considera a las personas mayores como tärande (consumidoras), en contraste con la población närande (nutricia), es decir, la que «contribuye» a sus propios costes sociales. Es un tipo de pensamiento utilitarista que parece extenderse cada vez más.

Se trata de un problema contra el cual las personas mayores deben luchar codo con codo con otras poblaciones consideradas «consumidoras» por estas corrientes de pensamiento como, por ejemplo, las personas con discapacidad, las personas enfermas o las que padecen un trastorno de salud mental.  

Éticamente, es impensable ponderar una vida en relación con otras.

No se puede ponderar la vida de una persona mayor con comorbilidad en relación con la de una persona más joven y sana, como se ha hecho en el discurso sueco».

Estrategias para combatir el edadismo

Estamos percibiendo un aumento del edadismo en todos los sectores.  ¿Cuáles son las estrategias para combatirlo? 

 «Efectivamente, hay una ausencia de identificación e individualización, una deshumanización e instrumentalización del ser humano que lo reduce a una mera entidad productiva cuya función es aumentar los valores económicos de forma instrumental.

En lo que respecta a las personas mayores, es necesario un cambio de paradigma hacia un tratamiento respetuoso y centrado en la persona, siguiendo uno de los principios de la recuperación humanizada y los enfoques de rehabilitación salutogénica: «Ninguna decisión sobre mi salud sin contar conmigo», es decir, que las decisiones relativas a la salud de una persona no deberían tomarse sin su consentimiento.

Soledad gente  mayor

La soledad no deseada de las personas mayores durante la pandemia

Por tanto, parece importante fijarse en los principios económicos nacionales, en los que el aumento del valor añadido adicional en términos monetarios es cada vez menos dominante, lo que exige el desarrollo de un nuevo sistema que mida el valor y la calidad de vida crecientes de una sociedad, no solo en términos económicos, sino principalmente en términos de salud física y mental, de igualdad, de solidaridad y de bienestar.

Incluso la London School of Economics participa en este tipo de debates y algunos países como Bután, por ejemplo, ya han desarrollado un sistema para medir el crecimiento nacional en términos de bienestar mental y felicidad. La solidaridad y el trato justo de las personas mayores, la atención a sus necesidades específicas y el modo de satisfacerlas respetuosamente por parte de la sociedad podrían ser elementos indicativos de la calidad de vida, la humanidad, la democracia y la estabilidad social de un país.

La creación de un sistema de estas características sería para un país una tarea interdisciplinar, multisectorial y multidimensional que reuniera a los responsables de la toma de decisiones del conjunto de la sociedad (comunidades religiosas y autoridades jurídicas, sociales, educativas, laborales, de transporte, fiscales, etc.) en torno a una responsabilidad común desafiante».  

¿Qué le preocupa en lo que respecta a la futura gestión, por parte de las sociedades occidentales, de la atención a las personas mayores?

«Es importante aprovechar este momento de duelo colectivo que se ha extendido en países como España, Italia e incluso Suecia, como consecuencia de los elevados índices de mortalidad que nos está dejando esta pandemia, especialmente en su primer período. 

Se trata de una crisis, una oportunidad, un reto y una demanda decisiva y esencial, aunque ahora estén emergiendo de nuevo ciertas tendencias que tratan de minimizar, ridiculizar o subestimar lo que ha sucedido. En este sentido, hay que evitar poner en el centro de la discusión tanto los errores como los avances de los comités, formados por personas que se niegan a ver las tendencias utilitarias, discriminatorias y materialistas que han surgido recientemente, de manera más o menos discreta, es decir, esas que niegan a las personas mayores el derecho humano universal a la salud, el tratamiento y la ayuda médica. 

Todas las prácticas basadas en el triaje y la selección de personas por categorías como la edad o la sintomatología que no estén médicamente justificadas deben ser criticadas y neutralizadas».

Usted afirma que, si integramos a los mayores en la sociedad como recurso valioso, la humanidad tendrá más oportunidades. ¿Qué quiere decir exactamente?

«Las personas mayores no son menos inteligentes a causa de los achaques de la edad, sino todo lo contrario: son inteligentes, sabias y tolerantes y comprenden las imperfecciones de un modo distinto. A menudo son más perspicaces y tienen mayor capacidad de análisis y para predecir las consecuencias que los más jóvenes. De un modo más paciente y sostenible. Con frecuencia tienen experiencia longitudinal e histórica, lo que se traduce en una especie de relativismo positivo y da lugar a la idea de que no todo se puede diseñar y gestionar socialmente y de que los proyectos bien previstos a menudo tienen resultados adversos u opuestos a lo esperado.

Las personas mayores tienen incluso una capacidad de multidimensionalidad, de pensamiento holístico, para aceptar la inseguridad y las situaciones complejas, a menudo sin necesidad de un control de resultados y medidas cuantificadas que caracterizan las actividades de los más jóvenes.

Ello puede conducir a una mayor tolerancia, pluralismo y potencial democrático, tan necesarios y decisivos para poder encontrar soluciones democráticas a los problemas globales a los que nos enfrentamos en la actualidad.

Debemos abordar cuestiones como la de las personas refugiadas, el clima, las desigualdades sociales, el hambre, la migración, la preponderancia de Internet, la brecha digital, el papel de la inteligencia artificial, la capitalización de recursos globales como la comida, el agua y la vivienda, y la disminución del poder de control internacional de la globalización y de estructuras de poder capitalistas y no democráticas. Pienso que esta capacidad y aportación de las personas mayores, con un pensamiento universal, es decisiva para encontrar respuestas adecuadas para abordar estas cuestiones.

Proporcionar a las personas mayores la atención y el respeto que merecen es una tarea compleja pero de vital importancia para el futuro y el desarrollo democrático de nuestras sociedades a todos los niveles (local, regional, nacional y global) y para poder encontrar soluciones a los problemas que tenemos por delante.

Para que ello sea posible, el destino de las personas mayores debe ocupar el lugar que merece en todas las agendas políticas, al mismo nivel que el de niños, niñas y adolescentes. Los proyectos, las políticas, las instituciones, los programas y las estrategias de implementación deben ponerse en marcha en coordinación con los gobiernos y con la financiación de los medios sociales. Debemos contemplar esta tarea no solo como un reto humanitario, sino también como una necesidad económica que puede ser decisiva para la supervivencia de la humanidad».

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La situación y el posicionamiento social de las personas mayores se han visto afectados en el transcurso de la pandemia de COVID-19. Las medidas adoptadas para proteger a las personas de más edad, con aislamientos durísimos, han sido motivo de debate y controversia. De ahí la demanda, por parte de las personas mayores, de contacto social y de respeto de su identidad, así como de sensibilidad con respecto a ciertos aspectos como la autonomía.

Hablamos de todo ello con el Dr. Wolfgang Rutz, profesor de Psiquiatría Social en la Coburg University (Alemania) y en Uppsala Universitet (Suecia), y autor del estudio «The Elderly: Age in the Time and Aftermath of Corona. Some Personal Reflections and a Plea» publicado en 2020 en la revista World Social Psychiatry. El Dr. Wolfgang Rutz fue asesor regional europeo de salud mental de la Organización Mundial de la Salud (OMS) de 1998 a 2005.

Según el Dr. Rutz, en Europa existen diversas actitudes en lo que respecta al tratamiento de las personas mayores: unas más gerontocráticas, con un alto reconocimiento de esta población, y otras que tienden a considerar a los mayores como una carga para la sociedad. Estas diferencias se ven a menudo reflejadas, por ejemplo, en las cifras de suicidio en esta población de riesgo.

Durante nuestra conversación con el Dr. Rutz, hablamos de si se han respetado suficientemente los derechos de las personas mayores durante la pandemia y de cuál debe ser su papel social para poder hacer frente al riesgo de futuros retos sociales y globales: nuevas pandemias virales y digitales, olas de migración y tsunamis climáticos y sociales.

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