Suicidio en adolescentes y jóvenes

La muerte por suicidio es la primera causa de muerte no natural entre los adolescentes y jóvenes, y las cifras de tentativas y suicidios que conocemos de este último año pandémico han hecho saltar todas las alarmas en todo el mundo.

El suicidio sigue siendo una muerte incómoda y silenciada, especialmente cuando afecta a adolescentes y jóvenes. Por el contrario, los datos epidemiológicos de muertes por suicidio hablan a gritos. En el mundo se calcula que una cuarta parte de suicidios corresponde a menores de 25 años. En Cataluña, el suicidio es la primera causa de muerte en personas entre los 15 y los 34 años.

El concepto de muerte se empieza a adquirir alrededor de los 8 años de edad, consiguiendo un conocimiento más evolucionado una vez iniciada la adolescencia. Pensar y reflexionar acerca del concepto de la muerte es una conducta normal, a menudo motivada por el fallecimiento de algún familiar, conocido o mascota, o a raíz del propio estudio del ciclo de la vida. Y pensar en la propia muerte es a menudo un pensamiento también normal, que puede tener cualquier persona ante una situación especialmente dolorosa, difícil de afrontar o para la que no se encuentra salida. 

Pero hay experiencias que ponen al adolescente en una situación de vulnerabilidad, ya sea por la gravedad de la situación, por su condición de larga duración, o por traer acumuladas una serie de experiencias vitales estresantes o de sufrimiento durante la infancia. Las situaciones pueden ser variadas y varias al mismo tiempo: conflictos relacionales con iguales, problemas de vinculación y de aceptación en grupos de pertenencia, problemas familiares conflictivos o ruptura familiar, problemas académicos, problemas relacionados con enfermedades orgánicas o mentales, fallecimiento de familiares o personas significativas, etc. 

Es en estos adolescentes en situación de vulnerabilidad en los que pueden darse con mayor frecuencia conductas relacionadas con la muerte. Cuando hablamos de conducta suicida, nos referimos a todo acto que tenga en algún grado una intencionalidad de morir. Ésta se puede manifestar de distintas formas: tener ideas relacionadas con la muerte, planificar la forma de morir, realizar algún tipo de preparativo o incluso llegar al acto con finalidad suicida.

Señales de alarma en adolescentes

  • Desesperanza acerca del futuro, pensamientos catastrofistas del tipo «la vida no merece la pena» o «nada va a cambiar».
  • Ausencia de proyectos vitales a corto/medio plazo. 
  • Bajo estado anímico, sentimientos de tristeza, minusvalía y baja autoestima.
  • Alteración de los hábitos, del sueño y de la alimentación y disminución del rendimiento académico.
  • Dificultades para compartir el malestar o sufrimiento con la familia y los amigos.
  • Aislamiento en domicilio y poca comunicación con familiares y amigos.
  • Cese de actividades que antes realizaba o incapacidad de disfrutar de las mismas.
  • Autolesiones (cortes en antebrazos, muslos...), normalmente realizadas con la finalidad de regular emociones negativas. 
  • Sufrimiento relacionado con el acoso escolar (bullying) o dificultades para establecer relaciones sociales duraderas. 
  • Haber destapado o expresado experiencias traumáticas (abuso sexual, maltrato…) que generan gran sufrimiento.
  • Desbordamiento emocional desproporcionado ante situaciones conflictivas o ausencia de recursos para hacerles frente.  

Factores de protección en adolescentes

Ante estas situaciones, algunos de los elementos que han sido identificados como protectores para evitar que estos pensamientos de muerte empeoren y pasen a ser deseos de morir o de acabar con la propia vida, o incluso de realizar algún intento de suicidio, son:

  • La buena comunicación familiar.
  • La participación en las actividades familiares.
  • La vinculación a grupos de pertenencia o a proyectos (aunque estos sean individuales).
  • La sensación de ser útil y valorado por las personas significativas, tanto familia como grupos de iguales.