¿Qué mensaje a la ciudadanía le parece fundamental en relación a la prevención del suicidio teniendo en cuenta la situación de pandemia global?

«Hay dos mensajes que son clave, independientemente de la pandemia: que nadie es inmune y que es evitable. Entender que nadie es inmune es comprender que cualquier persona puede tener un problema de salud mental a lo largo de su vida. ¿Esto qué quiere decir? Significa que debemos ser sensibles a este fenómeno y pensar que nos puede afectar. La sensibilidad hacia estas situaciones sucede cuando la persona entiende que eso es algo que le puede afectar. El suicidio es una conducta y, por tanto, podemos hacer prevención y aplicar estrategias de protección, tanto desde el ámbito personal como social.

En términos generales, es evidente que la pandemia ha empeorado la salud mental de toda la población a nivel mundial. Ello nos lleva a pensar que, por lo tanto, todo aquello relacionado con el suicidio es susceptible de empeorar.

incidencia muertes por suicidio

Hay que tener en cuenta que un 1,4 % de todas las muertes en el mundo se deben al suicido, siendo la decimoctava causa de muerte en el mundo.  Se trata de un fenómeno que está entre nosotros y que, igual que tenemos que aprender a convivir con la COVID-19, también tendremos que entender esta realidad, pero no con ánimo de renunciar a actuar sobre esta conducta, sino precisamente para ser conscientes de ella y ver qué medidas podemos adoptar para mejorar esa situación».

No hay aún estudios que indiquen que la COVID-19 vaya a provocar un aumento de suicidios, pero se habla del efecto guerra refiriéndose a una situación en que los suicidios disminuyen de manera significativa durante una guerra pero que aumentan en cuanto termina. ¿Coincide con esta interpretación de lo que podría suceder en los próximos meses?

«Es probable, siempre hay un cierto retraso en los efectos. Todo nos hace pensar que ese fenómeno va a aumentar. Debemos estar muy alerta y poner todos los medios para prevenir el suicidio. Lo mismo se observó con la crisis económica de 1928 en Estados Unidos o con la más reciente crisis financiera de 2008. Ahora estamos viviendo una nueva crisis que va a tener un impacto a distintos niveles pero que afectará a toda la población. Todas las personas en el mundo, de una forma u otra, van a expresar diferentes niveles de malestar en relación a esta situación: por lo que representa la propia infección, el confinamiento y, sobre todo, los efectos colaterales. Esta es una crisis sanitaria que conllevará graves consecuencias económicas y sociales.

La situación sanitaria, económica y social nos obliga, en cualquier caso, a estar muy atentos a esta situación ya que, si se comporta de manera similar a otras crisis del pasado, puede producirse, efectivamente, una mayor incidencia de conductas suicidas.

Siempre se dice que el grado de madurez de una sociedad se mide en cómo de solidaria es entre los miembros de la misma. Ahí tenemos, por lo tanto, un reto fundamental teniendo en cuenta la situación actual. La solidaridad debe estar incrustada en nuestro quehacer cotidiano, hay que tener siempre presente que no todo el mundo goza de los mismos privilegios y que las personas que estamos en situación de ayudar a otras que están en riesgo de exclusión social, debemos hacer todo lo que sea necesario para evitar que esa situación se produzca y, caso que ya sea una realidad, ver qué medios podemos poner en marcha para frenar ese proceso y, en la medida de lo posible, revertirla.

Si no somos capaces de asistir a estas personas que se están quedando atrás en el proceso de vida normal y no se pueden cubrir las necesidades básicas que tiene una familia, estamos fracasando como sociedad. Cualquier situación que pueda tener una persona o una familia en relación a la salud o a su situación laboral o familiar, se multiplica cuando añadimos la pobreza y se convierte en algo muy difícil de resolver, especialmente por la aporofobia tan presente en nuestra sociedad.

Cuando hablamos de una pandemia, debemos pensar en las complicaciones mentales que suponen tanto para la población general como para las personas que ya tenían un problema de salud mental, así como, no lo olvidemos, de los profesionales de la salud. Este es un fenómeno nuevo, sin duda. Los profesionales de la salud van a pagar un alto precio no solo en términos de contagio sino en su propia salud mental».

¿Qué estrategias de prevención le parecen ahora más urgentes desde diferentes ámbitos?

«Debemos ir hacia un cambio de paradigma, pasar de la visión en blanco y negro al color. Es decir, a menudo ponemos mucho énfasis en los factores de riesgo, que son importantes pero que también estigmatizan y acabamos transmitiendo una imagen en blanco y negro. Quizás el acento debería ponerse en los factores de protección porque sobre estos podemos trabajar mejor. Necesitamos pues cambiar ese paradigma sobre cómo tratamos la cuestión y entender que el fenómeno del suicidio, al igual que cualquier otra cuestión de salud mental, es abordable con diferentes estrategias. ¿Qué significa eso? Significa que, naturalmente, primero debemos conocer qué es ese fenómeno, cómo se define, qué epidemiología presenta, qué datos y, a partir de ahí, analizar qué factores de protección son necesarios.

En los factores de protección podemos distinguir aquellos de ámbito personal con los de ámbito sanitario y social. Lamentablemente, todos los problemas de salud mental tienen un componente social que no podemos desdeñar. Por lo tanto, si solo actuamos en el ámbito sanitario vamos a fracasar porque el ámbito social es igual de importante.

Factores protectores frente al suicidio

En lo personal, probablemente, debemos ser muy cuidadosos en potenciar la habilidad en la resolución de conflictos o problemas. Frecuentemente las personas que tienen este tipo de situaciones claudican rápidamente ante la adversidad. Su capacidad de resiliencia y de afrontar situaciones hostiles es muy baja. Conviene educar a la población en este tipo de habilidades y pasa, probablemente, por alimentar los niveles de autoconfianza que tienen los jóvenes y que ahora están tremendamente mediatizadas por las redes sociales y las plataformas digitales.

Otra estrategia importante es potenciar todo aquello que tenga que ver con la flexibilidad cognitiva, es decir, cómo hacemos que las personas tengan esa capacidad proactiva de adaptación a las circunstancias ambientales, a su vida. A menudo vemos personas que son tremendamente rígidas. Es muy bueno tener tus propias creencias, valores y principios, pero tiene que ir acompañado de esa capacidad de adaptación porque solo así se es capaz de afrontar una situación estresante, sobrevenida o dolorosa.

En el ámbito social es tremendamente importante recuperar parte de las relaciones interpersonales y el cara a cara. Como decía antes, la tecnología se nos ha colado en las relaciones entre las personas. Precisamente recuerdo un anuncio del 2018 en el que se planteaba esta cuestión y que me sirve para ejemplarizar bien esta situación. Se mostraba una escena en la que se realizaban preguntas a los nietos en relación a su familia y sobre las que no conocían las respuestas. El mensaje era claro: la necesidad de reconectar con las personas más cercanas, de dejar el móvil a un lado y hablar, preguntar, interesarse. Desde el entorno familiar tenemos posibilidad de intervenir y fomentar este diálogo. Cualquier familia debería compartir, como mínimo, una comida. Normalmente la cena es el momento en que hay más oportunidades para que toda la familia cene junta, hable. El simple ritual de sentarse, comer juntos, hablar, sin móviles en la mesa… son costumbres que se pierden y debemos recuperar, es fundamental.

Estas dinámicas, además, deberían estar apoyadas por políticas de protección a la familia fomentadas desde la administración. Todo influye en el bienestar de las personas, incluso los horarios de prime time en las televisiones y que llevan a muchas personas reducir sus horas de descanso necesarias. Como también influye enormemente las políticas de los gobiernos en relación a la disponibilidad, por parte de la población, de elementos como las armas de fuego o el acceso a ciertos fármacos. Sólo hay que observar los datos relativos a esta cuestión para entender la relación directa».

Muertes por suicidio por armas de fuego

«A partir de ahí podemos plantear también otras estrategias en el ámbito sanitario como la necesidad de formar a los profesionales de la salud para una buena detección de la población de riesgo, para mejorar cómo se informa a la población general sobre este tipo de problemas. Hay que explicar muy bien a la persona y a la familia qué es lo que vamos a hacer, como les vamos a implicar en ese proceso. En definitiva, favorecer todos los canales de comunicación para que el usuario pueda expresar qué es lo que está pensando, qué siente. Si nos ponemos en una posición muy ecléctica, muy sanitaria, probablemente esa persona no se explicará.

Es fundamental, igualmente, el rol de la atención primaria. Debemos hacer todos los esfuerzos necesarios para formar a estos equipos de primera línea para que sean capaces de detectar estas conductas. Existe la sensación de que el suicidio sucede de forma abrupta, sin ningún signo anterior pero no suele ser así. Ha habido algunas señales que deberían habernos llamado la atención».

¿Cuándo empieza la prevención?

«Aunque sabemos que cuanta más edad, más alto es el riesgo, debemos fijarnos en el hecho de que la muerte por suicidio es la segunda causa de muerte entre la franja de 15 a 29 años. La incidencia es baja comparada con otras franjas de edad, pero teniendo en cuenta que es evitable, debemos invertir todos los esfuerzos que sean necesarios. Y hay que hacerlo en la edad infantil porque si lo hacemos después ya vamos tarde. 

Suicidios por rango de edad

El entorno escolar es básico y es muy importante destacar el papel que pueden tener los docentes como agentes de salud. No se trata solo de que una persona ajena a la dinámica del centro escolar vaya a dar una charla sobre estos temas, sino que los docentes pueden introducir mensajes de salud en sus programas educativos. Ellos conocen mejor que nadie su comunidad de alumnos, su situación personal y familiar. Es factible, se puede introducir estos temas de forma transversal a través de cualquier asignatura, incluso las matemáticas».

¿A qué debemos estar atentos?

«Hay varios factores, pero destacaría tres cuestiones. Por un lado, estar atentos a los procesos previos a una conducta suicida y que pueden ser diversos como las autolesiones, las tentativas previas, etc. La conducta suicida es un fenómeno que evoluciona, no llega sin más, sino que suceden cosas antes y que sirven para evaluar los riegos. En segundo lugar, observar si hay un aumento significativo en el patrón del consumo de alcohol y otras sustancias, y que pueden actuar como factores precipitantes especialmente en personas que tienen o hayan tenido algún problema de salud mental. Como último elemento destacaría la presencia de esta conducta en personas de edad avanzada. Hay que tener en cuenta que, en España, hemos doblado la esperanza de vida en una sociedad en la que no se nos enseña a envejecer. Además, vivimos más años, pero no necesariamente con calidad de vida. Envejecemos con cronicidad, con dolor, con discapacidad. Estos elementos sumados a factores sociales y ambientales o a antecedentes de depresión, pueden ser desencadenadores».

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La Organización Mundial de la Salud (OMS) alertaba en mayo de los efectos «sumamente preocupantes» de la pandemia en la salud mental, especialmente con un aumento de síntomas de depresión y de ansiedad en varios países, a los que se suman los efectos de una más que probable crisis económica y social. ¿Cómo van a afectar estos factores en la incidencia del suicidio? ¿Qué factores de protección podemos poner en marcha como individuos y como sociedad? Hablamos de ello con Luis San Molina, psiquiatra consultor senior en el Parc Sanitari Sant Joan de Déu.

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