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El reto social que nos deja la pandemia

La acción comunitaria como única salida posible a la crisis
Oscar Rebollo Izquierdo

Oscar Rebollo Izquierdo

Dirección de Acción Comunitaria
Ajuntament de Barcelona
Reto social pandemia

Cuarenta años de neoliberalismo económico, social y cultural han conseguido que en las sociedades actuales predomine una ideología y una manera de ver y entender el mundo claramente antinatural: cada uno, de forma individual, debe asumir la responsabilidad de sus éxitos y sus fracasos.

Es la idea de que cada uno, de forma individual, debe buscarse la vida sin pedir nada ni esperar nada de nadie. De esta forma, las personas pobres, en paro o vulnerables lo son porque no se han esforzado lo suficiente, no han sido competitivas o innovadoras como y cuando debían serlo o, simplemente, a causa, quizá, de la mala suerte. Por el contrario, los triunfadores se merecen todo lo que tienen y su éxito es siempre el fruto de su innegable esfuerzo o audacia (no de sus apellidos) o, simplemente, de su buena suerte.

Todo lo que suene a «colectivo» molesta. Todo aquello que elimine las barreras o los obstáculos que impiden el enriquecimiento individual sin límite es bienvenido, ya sean los impuestos para financiar la sanidad o las regulaciones que limitan las acciones del mercado.

Si decimos que esta ideología ultraindividualista es claramente antinatural es porque sabemos que si algo caracteriza a la naturaleza humana es precisamente su condición social. Somos y tenemos socialmente a través de los demás.

¿Qué podemos aprender de la pandemia como sociedad?

Estamos atravesando una época de cambios y grandes emergencias sobrevenidas y no son pocas las voces que anuncian futuros escenarios mucho más radicales y dramáticos a escala global, especialmente los relacionados con la crisis socioambiental. Así pues, no parece que la pandemia de la COVID-19 pueda considerarse un episodio aislado.

¿Nos servirá esta experiencia traumática para aprender algo como sociedad? ¿Qué nos está enseñando esta pandemia? En un momento en el que no parecen servir ni las respuestas ni las preguntas que han dominado en las últimas décadas el escenario del pensamiento público, asociadas normalmente al mito de un progreso sin límites basado en la competitividad, la innovación y el crecimiento, puede que lo que más se esté poniendo en duda ahora sea la fiabilidad del pensamiento ultraindividualizador al que nos referíamos más arriba.

¿Podemos seguir recurriendo a respuestas y soluciones basadas en un individualismo feroz y ultracompetitivo? De hecho, la gran pregunta que actualmente planea sobre todas y todos nosotros parece muy simple, pero no deja de ser, al mismo tiempo, extremadamente radical y rompedora: ¿competir o colaborar? ¿Yo o nosotros? Ahora es más evidente que nunca que incluso «mi» salud depende de los demás y que, por tanto, es a «nosotros» a quien debemos cuidar y proteger. Esto ha sido siempre una obviedad para muchos y muchas de nosotros, pero ahora lo es para (casi) todo el mundo.

Hacer frente a los retos sociales con una respuesta colectiva

Toda idea de un «nosotros» perfila una cierta comunidad, un conjunto de personas que de algún modo se identifican y se reconocen a partir de aquello que comparten. No podemos compartirlo todo, evidentemente. No lo tenemos todo en común con la gente que nos rodea, ya que la diversidad de situaciones, identidades e intereses que se dan en las sociedades complejas no lo hace posible ni deseable (seguimos reivindicando el derecho a la diferencia).

Pero, para poder hacer frente a los retos pandémicos y pospandémicos actuales y futuros, que no serán únicamente sanitarios, urge lo que podríamos llamar «una reconstrucción comunitaria» de la sociedad, partiendo de la base de que los retos son sociales y las respuestas tienen que ser colectivas.

No sirven las soluciones individualistas y, de hecho, tampoco existen: no olvidemos, por ejemplo, que tras las vacunas contra la COVID-19 hay una enorme inversión de dinero público en investigación y desarrollo científico.

Necesitaremos de una mirada crítica y autocrítica para poder responder, como mínimo, a estas dos preguntas:

  • ¿Qué problemas y retos sociales comparto con otras personas?
  • ¿Qué soluciones o respuestas puedo construir con la ayuda, el soporte o el acompañamiento de los demás? Es decir, comunitariamente.

Es obvio, por ejemplo, que compartimos retos y que, por tanto, tendremos que encontrar respuestas colectivas, lo que no consiste en que cada uno se busque la vida como pueda para hacer frente a la crisis socioambiental, cada día más evidente y cercana al colapso. En este contexto, nuestra comunidad de referencia es toda la humanidad, ya que compartimos un único planeta, y la respuesta a la crisis exige, de una forma u otra, que cambiemos nuestro estilo de vida, nuestras pautas de consumo y de movilidad, etc. Pertenecer a la «comunidad mundo» significa actuar para cohabitar de manera sostenible un planeta que compartimos y que, socioambientalmente, está en peligro.

El impacto de la vulnerabilidad en la salud mental

Asimismo, también formamos parte de comunidades políticas, que son plurales y se solapan a diversos niveles, desde los más locales a los más federales. Estas comunidades vienen caracterizadas por los diversos ámbitos en los que podemos participar, como, por ejemplo, en la toma de decisiones políticas, en la elección de nuestros representantes y, en general, en todo lo que tiene que ver con la construcción, la defensa y el ejercicio de los derechos de ciudadanía. Aquí también nos jugamos mucho, ya que la política construye sociedad y promueve o no, a través de políticas públicas, atenciones y solidaridades más o menos generalizadas. Una democracia más fuerte y de mayor calidad, que no se entienda únicamente como una fórmula de cálculo de mayorías y minorías y sí, en cambio, como una forma de convivencia política, debe procurar siempre cumplir su promesa de lograr una sociedad socialmente más justa.

Pero quizá lo más importante es tomar conciencia y actuar en la comunidad próxima. Esta comunidad próxima la definimos y construimos a través de procesos y relaciones cara a cara, en su mayoría, con las personas con las que participamos en entidades, asociaciones y proyectos comunitarios de todo tipo. También aquí debemos fortalecernos, ya que es el lugar donde encontraremos a las personas con quien compartir y construir respuestas colectivas a los retos sociales desde nuestro quehacer cotidiano y tangible.

Si decimos que esta comunidad próxima es quizá la más importante, es básicamente por tres razones:

  1. Es la más tangible y fácil de ver y entender. Es donde están nuestros vecinos y vecinas, nuestros compañeros de trabajo, la gente con la que podemos relacionarnos directamente.
  2. Los proyectos comunitarios pueden traducirse en mejoras concretas de nuestras condiciones de vida.
  3. Esta participación comunitaria debe enseñarnos a ser activos, protagonistas en las demás comunidades: la comunidad mundo y las comunidades políticas.

 

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