Dr. Josep Antoni Ramos Quiroga, jefe del Servicio de Psiquiatría del Hospital Universitario Vall d’Hebron

«Hay que promover la distancia física pero no el aislamiento social»

Cisa Llopis Carbajo
Cisa Llopis Carbajo
Psicóloga. Coordinadora técnica.
SOM Salud Mental 360
Dr. Josep Antoni Ramos Quiroga
Este contenido no sustituye la labor de los equipos profesionales de la salud. Si piensas que necesitas ayuda, consulta con tu profesional de referencia.

¿El impacto de la pandemia en la salud mental de la población era previsible?

«Pienso que hubo dos grandes momentos diferenciados. Primero, la situación que se vivió hace poco más de un año, al menos en España, cuando se produce el confinamiento estricto. En ese momento era, probablemente, difícil de prever las necesidades porque fue un aspecto muy sobrevenido para todos nosotros. Una vez pasado ese primer momento, hacia finales de mayo, ya empezamos a ver que el confinamiento ha tenido un impacto emocional importante y también es previsible, viendo cómo está evolucionando la pandemia, que durante el final de 2020 y en el 2021 había que hacer una serie de acciones concretas para proteger el bienestar de la población».

¿De qué manera se han adaptado los recursos disponibles para dar respuesta a las nuevas necesidades detectadas?

«En general, las autoridades sanitarias, y luego a nivel muy particular en cada centro hospitalario, y todavía más micro en el nivel de las asociaciones de familiares o de pacientes, sí que se han articulado recomendaciones o incluso nuevas acciones para intentar de alguna manera, por un lado, empoderar a la ciudadanía, pero también intentar dar una respuesta a esas situaciones. Probablemente y en algunos aspectos aún son insuficientes y necesitamos muchos más recursos.

Una iniciativa interesante es la que pusimos en marcha desde el Servicio de Psiquiatría del Hospital Universitario conjuntamente con CatSalut, el departamento de salud de la Generalitat de Catalunya: la aplicación Gestió Emocional.

Por otro lado, se ha incrementado la dotación de psicólogos clínicos a nivel de los centros de atención primaria para, de alguna manera, intentar ser de utilidad a la ciudadanía en esta situación que estamos viviendo.

Lo cierto es que la COVID-19 también ha puesto de manifiesto cuáles eran las carencias y las limitaciones que teníamos. En el mismo momento del confinamiento en muchos centros fue imposible hacer un seguimiento de los usuarios porque no tenían sistemas de videocámaras, de videoconferencia, no era un recurso utilizado.

En el caso del Hospital de Vall d’Hebron, por ejemplo, habilitamos una web relacionada con el coronavirus para que las personas pudieran enviarnos dudas, preguntas y poder contactar durante esas primeras semanas en las que no se podía tener un contacto directo.

Hay que pensar en esta crisis sanitaria como si fuera un incidente con múltiples afectados igual que pasaría en un atentado terrorista o ante una situación de catástrofe natural. Es decir, muchísimas personas afectadas y miles de muertes en un período relativamente breve de tiempo.

Y ahora, lo que vemos en el día a día, ya pasada la fase más aguda del confinamiento, es que cuando se quieren incrementar los recursos de psicólogos clínicos o de psiquiatras, en definitiva, de personas que trabajamos en salud mental, hay una carencia de personas con la titulación, una carencia de personas que puedan trabajar porque durante los últimos años no ha habido una previsión de cuáles eran las necesidades en salud mental que se requerían».

También es cierto que no podemos decir que toda la población esté mal. Hay mucha resiliencia, capacidad de adaptación y solidaridad. Esto no es nuevo en la historia de la humanidad, pero seguramente sí sea la primera vez que las generaciones actuales lo hayamos vivido de forma tan intensa y globalizada. ¿Qué lectura hace de ello?

«Ante situaciones de crisis, de grandes guerras, seguramente sale lo mejor de cada uno. Y esa capacidad de resiliencia, que es algo obviamente muy individual y muy específico de cada uno, también se ve potenciada por la ayuda que tiene del entorno. Y esta ayuda del entorno es un aspecto absolutamente clave: sentir que tienes a alguien en quien apoyarte o una persona a quien poder expresar tu malestar o compartir las situaciones que te hacen sentir angustia.

Creo que la diferencia entre esta crisis sanitaria y la crisis económica del 2008 es que hay una idea clara de la necesidad de estos apoyos sociales y de esos recursos también más gubernamentales para que la ciudadanía no se sienta en una situación de soledad y de abandono en una situación tan difícil como la que se puede llegar a vivir».

Sorprende que se haya producido esta conexión social cuando menos conectados podíamos estar por las restricciones físicas.

«Es quizás una paradoja. Uno de los factores que se conoce, desde un punto de vista científico, que tiene mayor impacto en poder prevenir la depresión, por ejemplo, es tener personas en las que confiar y poder explicar tus situaciones complejas. Y la otra es hacer visitas a familiares, tener vida social.

La pandemia, y sobre todo el confinamiento, lo que ha reducido es el contacto físico. Por eso siempre he estado en contra de esa idea de que hay que promover el aislamiento social. No. Lo que hay que promover es la distancia física.

Las tecnologías han permitido que las personas hayan podido estar conectadas con sus seres queridos, con personas que a lo mejor vivían muy lejos y que de otra manera hubiera sido un contacto más escaso. Pienso que eso es un aspecto a poner en valor, el hecho de que hoy ya tenemos una sociedad que puede conectarse más fácilmente ante situaciones en las cuales puede haber una limitación física y en las que es más recomendable no tener un contacto físico.

Esa importancia de las tecnologías ha quedado también muy patente en todo lo vivido en el ámbito hospitalario con la posibilidad de contactar con familiares o en procesos de final de vida».

Comer bien, dormir bien y ejercicio físico

¿Qué le diría a una persona que no se siente bien emocionalmente para no empeorar su situación?

«Primero, transmitir un mensaje de esperanza. Es, probablemente, la primera vez en la historia de la humanidad que hemos conseguido, en un corto período de tiempo, una vacuna que nos proteja ante una pandemia global. Por lo tanto, hay un foco de esperanza de que la situación cambiará.

En segundo lugar, la importancia de adaptarse a la situación. Es verdad que hay restricciones que no son gratuitas y que no son azarosas como muchas veces se puede pensar, sino que son adaptaciones necesarias ante realidades cambiantes. Estas limitaciones son para protegernos, pero hay otras muchas cosas que podemos hacer. Hoy día podemos hacer actividad física, podemos tener contacto con personas respetando la distancia física, llevando mascarilla, lavándonos las manos con frecuencia y, por lo tanto, es muy importante, de cara a nuestro bienestar emocional, hacer todo aquello que sea posible. Evitar el pensamiento de quedarse en casa por inercia ya que se pueden hacer muchas cosas con seguridad, como practicar deporte, salir a pasear, disfrutar de la cultura. Son esas áreas que tenemos que intentar proteger, poder hacer aquello que es seguro hoy día. E insisto, esa idea de mantener el contacto social ya sea por internet, por teléfono, por el medio que sea, pero no tener esa sensación de aislamiento.

Siempre recomendamos también estos tres puntos que son muy importantes:

  • Mantener una buena higiene del sueño
  • Intentar tener una alimentación equilibrada
  • Practicar una actividad física mínima.»

Lo que ha venido y lo que viene

Parece claro que la pandemia ha agudizado los problemas de salud mental y se habla mucho de casos graves en menores (TCA y tentativas de suicidio). ¿Este sería el aspecto más destacado?

«Es un aspecto muy importante porque todo lo que afecta a la salud mental infanto-juvenil son situaciones que pueden generar cronicidad a largo plazo. La pandemia pone en una situación de especial riesgo a la población infantil.

La necesidad de atender de una forma más importante todas las situaciones relacionadas con el COVID-19 y las restricciones quizás ha mermado los recursos de la pediatría, que son la puerta de entrada de detección de trastornos de salud mental. Además, en general, el confinamiento y la reducción de la actividad física ha tenido un impacto en los cambios de peso de muchos adolescentes, por ejemplo. El no poder canalizar estas situaciones les ha puesto en riesgo.

Es muy importante reivindicar una salud mental infanto-juvenil con los recursos necesarios y apropiados. Y eso, en el fondo, en salud mental lo que quiere decir es tener más profesionales, más manos que puedan estar haciendo esa labor.

Sin duda ha habido también otros factores destacados y ya más en la patología de adultos: personas que previamente ya padecían trastornos obsesivo compulsivos, o trastornos depresivos. Toda esta situación es un foco de estrés que ejerce un efecto muy negativo sobre la salud mental y especialmente en estas condiciones de ansiedad y de depresión previas».

¿Qué se ha aprendido en salud mental sobre todo lo vivido?

«Yo pienso que al final la crisis que estamos viviendo lo que ha puesto de manifiesto son aspectos que a lo mejor teníamos claros previamente. Por un lado, tenemos que avanzar claramente en la salud digital. Si no tenemos una buena salud digital, sobre todo en clave de salud mental, sinceramente será muy difícil tener los recursos mínimos necesarios para llegar a las necesidades de la población. El 25% de la población, en algún momento a lo largo de la vida, va a tener algún trastorno mental. Con lo cual, se necesitan recursos realmente muy superiores a los que tenemos. Y ante una situación de limitación estructural o limitaciones económicas, quizá el método o la forma para llegar a más población de una manera más eficiente va a ser tener más recursos de salud digital.

La otra situación que es tremendamente importante es tener recursos domiciliarios, que la ciudadanía no tenga que desplazarse a los hospitales, o a los centros comunitarios a hacer las visitas, la atención. Que nosotros, los profesionales de la salud, cada vez más tenemos que tender realmente a esa visión comunitaria. Yo siempre digo que la visión comunitaria no es tener un centro de salud fuera del hospital, sino que la visión comunitaria es ir donde está la comunidad. Y la comunidad está en su casa, la comunidad está en un pabellón deportivo, etc.

Y quizá el aprendizaje, que es algo que nosotros hemos implementado también, es que en un contexto que no va a ser infrecuente o, según dicen los expertos, que puede haber más virus de este tipo en el futuro, pues es muy importante garantizar que las personas que requieran un ingreso por problemas de salud mental, lo máximo posible, estén en habitaciones individuales, que no se tengan que compartir habitaciones. Porque esto nos pone en una situación de mucho riesgo. Y realmente, así como a nivel público, como en otras especialidades sí que ha habido una tendencia a favorecer las habitaciones individuales, probablemente en salud mental esta tendencia no ha sido tan clara. Y yo creo que es algo muy importante que, a nivel de ingresos hospitalarios, cada vez más, tengamos habitaciones individuales para nuestros pacientes».

¿Qué errores no se pueden volver a cometer?

«La improvisación. Sobre todo, el no escuchar a los expertos en salud y a los expertos científicos. A esta improvisación se suma la paupérrima financiación que tiene la ciencia y la salud. No puede ser que la salud tenga prácticamente el mismo presupuesto que hace 10 años, cuando se inició la anterior crisis, con todos los cambios que ha habido y las necesidades nuevas. Invertir en salud es invertir en economía.

Cuando hablo de invertir en salud, no es solo la visión curativa, sino de cuidar, de preparar a los niños y jóvenes para tener una mejor resiliencia. Hablamos de gestión emocional, de tolerancia a la frustración, de la búsqueda de soluciones ante los conflictos o los problemas. Como sociedad del conocimiento, si queremos un futuro esperanzador para las nuevas generaciones hay que invertir en educación, en ciencia y tecnología y en salud».

Colectivos
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COVID-19
Gestión sanitaria
Resiliencia
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Frustración
Tratamiento ambulatorio

El impacto de la pandemia de la COVID-19 en el bienestar emocional de la ciudadanía sigue siendo tema de análisis en el momento de hablar de recursos, de necesidades y de la capacidad de resiliencia de las personas ante una crisis.

De ello hemos hablado con el Dr. Josep Antoni Ramos Quiroga, jefe del Servicio de Psiquiatría y presidente de la Comisión de Innovación del Hospital Universitario Vall d’Hebron. Docente e investigador, es uno de los profesionales que se puso al frente, junto el departamento de salud de la Generalitat de Catalunya, del desarrollo de una aplicación para que la ciudadanía gestionara su estado emocional a través de diferentes recursos digitales.

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