Qué es el duelo anticipado y cómo afrontarlo
Resumen
Cuando hablamos de duelo anticipado nos referimos al proceso emocional y relacional que experimentan algunas personas ante una pérdida futura, cuando esta se sabe o se percibe como inevitable. Siempre se puede anticipar una pérdida vital (como una amputación, un cambio de residencia o una jubilación), aunque el término duelo anticipado suele utilizarse habitualmente en contextos de muerte previsible.
Por un lado, se puede dar cuando una persona sufre una enfermedad grave o avanzada, donde el pronóstico médico es de no mejoría o incluso hay un plazo de vida estimado (por ejemplo, enfermedades crónicas degenerativas o ante un ingreso en paliativos). En estos casos, las personas cercanas pueden ir elaborando algunos aspectos de la pérdida antes de que se produzca la muerte.
Por otro lado, se puede dar cuando una persona desaparece y no se tiene confirmación de su muerte. Sería el caso de las desapariciones o grandes accidentes en los que se puede demorar la información del recuento de víctimas. En ambos casos hay cierta preparación previa a la comunicación final de fallecimiento.
Las respuestas de duelo anticipado ganaron interés en 1944 cuando el psiquiatra Erich Lindemann analizó las reacciones de dolor intenso que experimentaban las mujeres cuyos maridos estaban en el frente de guerra. Después le siguieron grandes teóricos como John Bowlby (analizando el efecto de un diagnóstico terminal infantil en sus progenitores) o Elisabeth Kübler-Ross (acompañando a pacientes terminales y sus familiares).
Los diversos estudios han podido establecer que las reacciones de las personas que viven un duelo anticipado pueden ser tan intensas como en un duelo post mortem. No obstante, este proceso nos brinda un espacio temporal para poder preparar el después y garantizar que sea más saludable.
Al comparar ambos procesos de duelo, es importante tener en consideración algunos factores:
- El tiempo de aceptación
Hay un margen para hacerse a la idea, que no se da en muertes inesperadas. Este margen permite resolver asuntos pendientes, elegir cómo despedirse u organizar el tiempo que le queda a la persona que fallecerá. Esto puede facilitar que, cuando llegue el momento, el duelo post mortem sea más saludable. - Los sentimientos
Son los mismos en ambos procesos. Podemos sentir una tristeza profunda, enfado, ansiedad, culpa, miedo, soledad, fatiga, falta de concentración, etc. De la misma manera podemos sufrir un shock inicial, con sensaciones de desconexión, o podemos negar la realidad como reacción evitativa. - La reorganización previa
Tras una muerte, se dan cambios vitales y de roles familiares. En el caso del que estamos hablando, hay situaciones que pueden esbozar cómo será la vida sin esa persona: celebraciones, viajes, etc. De la misma manera, se pueden empezar a reordenar los roles que cada persona tiene dentro del núcleo familiar y la propia identidad sin esa persona («quién soy sin ti»). - El agotamiento pre mortem
Si la situación se alarga en el tiempo las personas pueden llegar agotadas emocionalmente a la muerte en sí. Esto hace que, en algunas ocasiones, las muestras de dolor post mortem sean menos intensas. Esto no implica que haya menos dolor, sino que llevan mucho tiempo sufriendo y se pueden dar situaciones de cierto embotamiento o anestesia emocional en un primer momento.
Aspectos que complican el duelo
Para empezar a elaborar realmente el duelo se debe aceptar que la persona ha fallecido, esto no se puede hacer hasta que tenemos confirmación médica. Podemos aceptar otras realidades, pero no la muerte en sí. Hay muchas personas que necesitan incluso ver el cadáver para conectar o cerciorarse que realmente ha muerto. Este es uno de los motivos por los que se celebran los velatorios y por lo que, en la mayoría de los casos, se hacen con el féretro abierto.
Pese a que el duelo anticipado es un proceso normal, puede interferir en nuestro bienestar y en nuestro día a día. Al dolor por la futura pérdida se añade el vivir el deterioro (y posible agonía) de la persona querida con la incertidumbre de no saber cuándo sucederá. Pese a ser natural, el proceso por el cual nuestro cerebro se intenta adaptar a una nueva realidad puede generar malestar. Todas nuestras conexiones neuronales están configuradas con la información de la persona querida y, por lo tanto, durante una temporada vamos a tener que generar nuevas conexiones y recuerdos en los que esa persona ya no va a estar. Esto es doloroso y nos hace transitar diferentes estados psicológicos.
En algunos casos el duelo anticipado, igual que en el caso post mortem, puede derivar a condiciones psicológicas menos saludables que nos generan un malestar desmesurado que nos impide continuar con nuestro día a día.
Hay una serie de señales que nos indican que el proceso puede presentar alguna dificultad:
- Preocupación excesiva con rumiaciones constantes (bucles de pensamiento sin fin que generan mucha angustia).
- Ansiedad paralizante que dificulta pasar tiempo de calidad con la persona querida que fallecerá.
- Sintomatología depresiva que hace que nos aislemos.
- Sentimiento de rendición, desidia y apatía que impide disfrutar de cualquier cosa el tiempo que queda.
En algunos casos, se llega a renunciar y algunas personas reaccionan limitando los cuidados o abandonando a la persona enferma por no poder gestionar o afrontar la situación y deseando que llegue el fin lo antes posible (aunque no sea de forma consciente).
Cuidarse para gestionar el impacto emocional del duelo
El duelo es un proceso de adaptación, tanto si se da pre o post mortem. Este proceso no es inocuo y, aunque es natural, puede producir mucho dolor y malestar. Contar con acompañamiento profesional o emocional durante estos procesos puede disminuir el dolor y prevenir complicaciones.
Las consideraciones para poder transitar este proceso de forma saludable son las mismas que se dan en el caso del duelo post mortem y comprenden entre otros:
- Darse permiso para compartir lo que se siente (sea lo que sea) en entornos seguros y de confianza. No se debe forzar ni explicárselo todo a todo el mundo, debemos poder encontrar espacios y personas con los que poder expresarnos con confianza y seguridad. Deben ser espacios donde nos sintamos cuidados. Hablar de emociones, preocupaciones, sentimientos y pensamientos, sin tener que preocuparnos por sentirnos juzgados y sin que nos tengan que dar soluciones ayuda a procesar el incesante ruido que podemos tener en la cabeza.
- Priorizar aspectos de cuidado básico, como comer, dormir, socializar y mantener cierta actividad física. Nuestro cerebro necesita ciertos neurotransmisores (sustancias químicas) para seguir funcionando con normalidad y podemos fomentar su liberación de manera natural.
- Consultar a un profesional. Hay muchos servicios o unidades médicas u hospitalarias que ofrecen un acompañamiento durante estos procesos. No se trata de tratar una patología, sino de acompañar y dar apoyo para que el proceso avance sin complicaciones.
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