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Artículo

Duelo migratorio: pérdidas múltiples e impacto en la identidad

Transformar el dolor en un proceso de reconstrucción personal
Yolanda Osorio López

Yolanda Osorio López

Psiquiatra. Coordinadora del programa ESMES (Equip Salut Mental Sense Sostre) y programa SATMI (Programa d'atenció en Salut Mental per població immigrada)
Parc Sanitari Sant Joan de Déu
Silueta de hombre caminando
© Juan Moyano via canva.com

Resumen

El duelo migratorio implica pérdidas emocionales, sociales y simbólicas que impactan en el bienestar psicológico de los migrantes. Incluye la separación de familia, lengua, cultura y estatus social, generando un proceso complejo y recurrente de duelo. Personalidades como Said el Kadaoui y Joseba Achotegui destacan que el duelo migratorio es parcial, múltiple y puede cronificarse, a veces derivando en el Síndrome de Ulises. Además, la invisibilidad social y la falta de reconocimiento agravan el sufrimiento emocional de los migrantes. En este contexto, se requiere una atención transdisciplinar que comprenda y transforme el dolor en un proceso de reconstrucción personal e identitaria.
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La migración es un fenómeno presente a lo largo de la historia. Las personas se han desplazado por el mundo de forma temporal o definitiva, y bajo circunstancias históricas muy diversas. Ha habido migraciones expansivas, coloniales, de ocupación de otros territorios. Las migraciones que vivimos en la actualidad, al menos las más prevalentes en nuestro territorio, se producen en situaciones de condiciones precarias en el país de origen, falta de perspectivas de futuro, así como por conflictos armados y violencias que suponen una amenaza para la propia vida. Son miles las personas que, en la decisión de migrar, están intentando encontrar un lugar en el que poder visualizar un futuro mejor.

Generalmente, la persona que migra es la que tiene las condiciones y fortaleza para enfrentarse a los riesgos de un viaje incierto, a menudo peligroso, y afrontar la llegada a un país que, a menudo, no es ni acogedor ni amable.   

La migración, aunque con frecuencia se conceptualiza como una estrategia de oportunidad y mejora, también comporta una serie de pérdidas emocionales, sociales y simbólicas que pueden generar un impacto significativo en el bienestar psicológico. 

En este sentido, se desarrolló el concepto de duelo migratorio, como una herramienta teórica para hacer referencia a las pérdidas que experimentan las personas en este proceso. Hablamos de separación de la familia, de la lengua, la cultura, el territorio, o la pérdida de estatus social. Se trata de pérdidas que generan un impacto a nivel emocional profundamente complejo.

Existen diferentes descripciones sobre lo que implica el duelo migratorio, así como reflexiones de personalidades que hablan desde la experiencia. Todas ellas se complementan y nos ayudan a entender las diferentes dimensiones y la profundidad del impacto que experimentan las personas migradas.

Pérdidas emocionales, sociales y simbólicas

Said el Kadaoui, psicólogo y escritor nacido en Marruecos y criado en España, describe el duelo migratorio como:

  • Parcial - No se pierde todo, pero sí se pierden elementos esenciales: lengua, referentes culturales, redes sociales, entorno afectivo…El duelo no es absoluto como en una muerte, pero sí intenso y continuo (Arribas, 2021).
  • Recurrente - El dolor vuelve una y otra vez: en encuentros con prejuicios, en momentos de nostalgia, en dificultades de integración o en cuestiones identitarias. No es un proceso lineal que se cierra, sino un ciclo que se reactiva.
  • Múltiple- La migración implica múltiples pérdidas simultáneas: cultura, familia, estatus, lengua, paisajes, rituales… Por eso, el duelo es plural y afecta a muchas dimensiones de la persona.

Subraya El Kadaoui que migrar «siempre causa un desgarro» que puede acompañar toda la vida. Este proceso obliga a la persona migrante a un diálogo identitario constante con el nuevo entorno ya menudo la convierte en «una persona distinta a la que era».

migracion

El desafío de la salud mental en personas migrantes

Según el psiquiatra Joseba Achotegui, las personas migrantes afrontan siete pérdidas principales que generan un duelo complejo y multidimensional. Este modelo, formulado en 1995 y ampliamente desarrollado en su obra Los siete duelos de la migración y la interculturalidad (Achotegui, 2022), es hoy una referencia en psicología transcultural.

Estas siete pérdidas o duelos son (Achotegui, 2022):

  1. El duelo por la familia y los seres queridos
  2. El duelo por la lengua materna
  3. El duelo por la cultura
  4. El duelo por la tierra
  5. El duelo por el estatus social
  6. El duelo por el grupo de pertenencia
  7. El duelo por la seguridad física

Achotegui destaca que este duelo puede cronificarse si las condiciones de acogida no son favorables. Es un proceso psicológico tan intenso que puede derivar en el conocido Síndrome de Ulises, cuando el estrés supera la capacidad de adaptación.

Otros autores como Wajdi Mouawad, cuyo pensamiento central en sus obras versan sobre la identidad, la pérdida y la memoria, lo expresa con crudeza cuando comenta que el exilio no es sólo la pérdida de la tierra, es la pérdida desde la que narrarse, es la pérdida del territorio físico y del territorio simbólico.

Amina Bargach, psiquiatra infantil y experta en migraciones, y con una trayectoria centrada especialmente en los procesos de integración, la salud mental y los impactos psicosociales de la migración, sobre todo en niños, adolescentes y jóvenes, sugiere que el duelo migratorio no es sólo una cuestión de pérdidas personales, sino también de cómo la sociedad recibe y reconoce (o no) (Espacio, 2009). La invisibilidad social —no ser escuchado, no ser visto, no ser reconocido como sujeto lleno de derechos— genera un profundo sufrimiento emocional que se añade al duelo migratorio clásico.

Identidad y fractura cultural en la migración

Los psicoanalistas León y Rebeca Grinberg, pioneros en el estudio psicoanalítico de la migración y el exilio, describen cómo la migración implica una alteración profunda del sentimiento de identidad, porque el individuo pierde referentes culturales, lingüísticos y sociales que formaban parte de su «yo» (Grinberg & Grinberg, 1984). Se produce una fractura entre el pasado y el presente, con la sensación de transitoriedad y vulnerabilidad, a menudo acompañada de confusión y ansiedad. El exilio o la migración pueden activar mecanismos de defensa (idealización, disociación, negación) para proteger la identidad frente a la pérdida. Autores hablan de la migración como una experiencia que «sacude las bases culturales de la personalidad», generando conflictos entre la identidad anterior y la nueva identidad en construcción.

También encontramos la teoría de la pérdida ambigua desarrollada por Pauline Boss, terapeuta familiar e investigadora, y que resulta especialmente útil para comprender el duelo migratorio. Este tipo de pérdida se caracteriza por la falta de cierre y claridad, ya que la persona o el objeto perdido está físicamente ausente pero psicológicamente presente, o viceversa. En el caso de la migración, la familia, el país de origen o la identidad cultural siguen existiendo, pero ya no son accesibles por igual. Esta ambigüedad puede dificultar la elaboración del duelo y generar sentimientos de ambivalencia, culpa y bloqueo emocional. El duelo migratorio comparte, por tanto, la lógica de un duelo sin resolución definitiva, que requiere aprender a convivir con la pérdida más que superarla.

Todos los autores coinciden en que migrar comporta una sacudida emocional que activa duelos múltiples y obliga a reconstruir el sentimiento profundo de quienes somos. Si este proceso se elabora, la persona puede desarrollar una identidad enriquecida y flexible. Si no se dan las condiciones personales (personas con vínculos de pertenencia fracturados porque la violencia, el trauma o la marginación generan disociaciones que dificultan la integración de pasado y el presente) o las condiciones estructurales, el proceso puede generar sufrimiento psíquico significativo.

Debe reconocerse que el duelo migratorio no es un duelo convencional, sino un conjunto de pérdidas no cerradas que se reactivan a lo largo del tiempo. Trabajar el duelo debe implicar acoger el dolor, comprenderlo y transformarlo en un proceso de reconstrucción personal. 

Como decía Joan Coderch, psiquiatra y psicoanalista, los profesionales que atendemos a personas migradas debemos implicarnos afectivamente y movernos emocionalmente con ellas. Es necesario, pues, promover una atención transdisciplinar, capaz de escuchar activamente en la intimidad del relato persona, el eco de la historia, la cultura y la política, con sensibilidad y centrada en los determinantes sociales de la salud.