El duelo como camino espiritual
Resumen
Bernat Carreras , psicólogo clínico especializado en atención al final de la vida, es del parecer que todos los duelos por los que pasamos a lo largo de nuestra existencia son, en definitiva, parte de un mismo duelo, de un único duelo: el duelo por la propia mortalidad. Así, los duelos cotidianos, pequeños o grandes, por todas aquellas pérdidas y desengaños que se producen en nuestro día a día, junto con los inevitables duelos por las muertes de personas significativas para nosotros, constituyen el anuncio y la invitación a prepararnos para el duelo definitivo: aquél que acontece cuando resulta obvio que nuestra vida se apaga.
Será por este motivo que las afectaciones cognitivas y emocionales identificadas por la psiquiatra Elisabeth Kübler-Ross en la atención a personas moribundas, pueden tener también sus contrapartidas en la transformación íntima que experimentamos cuando nos golpea la muerte de personas que nos han sido cruciales. Y de este modo, como la constatación de la propia mortalidad puede convertirse para nosotros, en palabras del psiquiatra Viktor Frankl, en estímulo para una vida responsable, exitosa y con sentido; también el descalabro existencial que nos supone la pérdida de alguien profundamente amado abre la puerta a la posibilidad de emprender un camino de crecimiento espiritual . Será sobre este tipo de duelo y sobre esa posibilidad de peregrinación espiritual que versará esta breve reseña.
¿Qué entendemos por espiritualidad?
Puntualizamos previamente que cuando hablamos de espiritualidad nos referimos, tal y como se acordó en la Conferencia de Consenso liderada por Christina Puchalski en 2009 en California, a aquel aspecto de la condición humana relacionado con el modo en que las personas buscamos y expresamos sentido, así como la forma en que expresamos un estado de conexión con el momento, con nosotros mismos (self), con los demás, con la naturaleza y con aquello significativo o sagrado.
Lo que nos caracteriza como humanos, probable consecuencia de nuestra capacidad para abstraernos del instante y tomar perspectiva respecto del pasado y del futuro, es nuestro anhelo de sentido y trascendencia .
Como dice el biólogo Ramon Maria Nogués, los seres humanos no tenemos suficiente con sobrevivir, sino que albergamos una lujosa «necesidad» de significación que siempre busca lo verdadero, bueno y bello. En cuanto a esta búsqueda existencial de sentido y trascendencia que acompaña implícitamente cada uno de nuestros días, la propia mortalidad y la muerte de quienes nos son próximos constituye el mayor de los interrogantes: una de esas situaciones límite, descritas por el psiquiatra Karl Jaspers, con potencial para darle la vuelta totalmente a nuestra comprensión de la vida. Y, como decía Frankl, mientras que si le encontramos un sentido al sufrimiento, seremos más capaces de sostenerlo, el sufrimiento sin sentido tiene el potencial de destruirnos.
Por eso David Kessler, discípulo de Kübler-Ross y experto en luto, subraya lo importante que es el hallazgo de significado en el tránsito desde el dolor por la pérdida a la reanudación del proyecto vital: significado en cuanto a la muerte, a la pérdida, a cómo se produjo la muerte, a la vida de la persona... Según él, este hallazgo de significado puede adoptar muchas formas, entre las que señala:
- El agradecimiento por el tiempo compartido con las personas difuntas.
- Una contribución nuestra al mundo que les honre.
- Un ritual que conmemore su vida.
- La realización de algún cambio importante en la propia vida a partir de habernos dado cuenta de su brevedad y de su valor.
- El fortalecimiento y la mejora de los vínculos con personas que son importantes para nosotros...
En definitiva, el descubrimiento de una manera de mantener el amor por una persona después de su muerte, mientras uno continúa con su vida, asumiendo que la pérdida forma parte de la existencia tal cual es y que el significado es lo que yo escojo hacer a partir de esa pérdida.
El duelo comporta un movimiento oscilante de experiencias
De forma sistemática y metódica, Clara Gomis, referente en duelo y espiritualidad con un marco conceptual que combina Psicología, Filosofía y Teología; describe la travesía espiritual para la que la pérdida nos capacita. Lo hace en base a las fases del duelo definidas por Alba Payás de shock, evitación, dolor y crecimiento y transformación; similares a las apuntadas por Kathleen Dowling Singh de caos (negación, enfado, negociación, depresión), aceptación y transformación. Fijémonos en que cada uno de estos modelos, como el pionero de Kübler-Ross o los más novedosos de William Worden, de Robert Neimeyer o de Margaret Stroebe y Henk Schut; presentan coincidencias y divergencias en su conceptualización del duelo. Tal vez, su mínimo común denominador lo constituye la constatación de que el duelo comporta un movimiento oscilante entre unas experiencias orientadas al pasado y a la pérdida y otras orientadas al futuro y a la regeneración. Para nosotros resulta obvio que cada persona vive su duelo de una manera única, pero también, que cada una de las circunstancias interiores que transitamos durante el duelo tiene un potencial de vida que se nos ofrece. No se trata de fases por las que sí o sí deberemos pasar, sino de vivencias que pueden darse en diferentes momentos del proceso y que, reconociéndolas, podemos transitar con más conciencia.
Así, volviendo a la propuesta de Gomis, el shock supone la ruptura de la comprensión del mundo previa a la pérdida, conlleva la tarea de hacer frente a la tentación del cierre a la vida y, espiritualmente, contiene una invitación a sostener el vacío mediante la concienciación de los vínculos que permanecen. Los momentos de evitación del dolor van aparejados a la pregunta -irresoluble analíticamente hablando- del por qué del sufrimiento; pregunta que, desde la espiritualidad, puede transformarse en para qué y para quiénes, es decir, situarnos en una tesitura de futuro que permite fecundar creativamente nuestra circunstancia y otorgarle un significado en la línea de las propuestas de Kessler.
La experiencia de dolor, que es inmersión en el lamento por la pérdida, implica también la toma de contacto con la noción junguiana de la sombra, aquellos aspectos desagradables o amenazantes de nuestra identidad que suelen permanecer ocultos y que ahora, al visibilizarse, pueden ser atendidos, acogidos y acompañados, posibilitando la unificación psicológica y una mayor congruencia, autenticidad y tolerancia. Los períodos de crecimiento y transformación exigen afrontar las historias mentales que la pérdida despierta, en clave de victimizaciones, idealizaciones y culpabilizaciones; para progresar en la renuncia del ego, el perdón y la autotrascendencia. Finalmente, cuando dejamos atrás todos estos funcionamientos orientados a la pérdida, en los que la energía está centrada en defendernos de las carencias que esta activa en nosotros, puede iniciarse una última tarea: la búsqueda de esa huella esencial que la persona difunta ha dejado en nosotros y que nosotros podemos acoger, encarnar y prolongar desde nuestra propia genuinidad. De este modo, siguiendo con el planteamiento de Clara Gomis, sanar el luto desde la perspectiva espiritual pasará por abandonar la fuga y la resistencia al dolor, aceptando el presente tal y como es, aumentando en conciencia, reconociendo quiénes somos realmente, aprendiendo nuevas formas de relación con la alteridad, conectando con fuentes de auténtico amor y esperanza, honrando nuestro vínculo con la persona difunta y saliendo hacia los demás en un acto de autotrascendencia personal y único, capaz de dar sentido a la propia existencia.
De este modo, volviendo a lo que decíamos al principio, el duelo por la pérdida de alguien a quien amábamos puede capacitarnos para el afrontamiento de nuestra condición mortal, en la medida en que nos pone en disposición de asumir el compromiso definitivo: abrirnos a que la nuestra sea una vida valiosa y libremente elegida.
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