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Artículo

Comprender el duelo complejo

Tres modelos para entender el proceso
Montserrat Esquerda

Dra. Montserrat Esquerda Aresté

Pediatra en la Unidad de Duelo Infantil
Sant Joan de Déu Terres de Lleida
Lidia Moroba Estor

Lidia Moroba Estor

Psicóloga del CSMIJ y de la Unidad de Duelo
Sant Joan de Déu Terres de Lleida
Mujer abraza un abrigo
© Karola G de Pexels via canva.com

Resumen

El abordaje del duelo complejo implica entenderlo como un proceso flexible y personal, según Worden, no lineal ni rígido. El enfoque de Stroebe y Shut destaca la oscilación dinámica entre el contacto con la pérdida y la restauración de la vida cotidiana, esencial para un duelo saludable. Neimeyer propone que el duelo es una reconstrucción de significado, donde la crisis identitaria y los asuntos pendientes intensifican el sufrimiento. La importancia del vínculo continuado con el fallecido es reconocida, facilitando una narrativa que integra la pérdida y permite seguir adelante. Estos modelos enfatizan la importancia de no eliminar el dolor, sino de darle significado en la historia personal.
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Las tareas del duelo de Worden

Las tareas del duelo descritas por William Worden ofrecen un marco útil para comprender los procesos implicados en la elaboración de la pérdida, siempre que se entiendan como procesos flexibles y no lineales.

Las tareas del duelo pueden ser entendidas así como caminos de elaboración posibles, que se ven especialmente tensionados cuando el vínculo ha sido muy significativo o las circunstancias de la pérdida han sido adversas, a diferencia de las fases del duelo, descritas como más lineales o fijas. El duelo no funciona en fases, sino como un proceso irregular, profundamente personal, que se despliega con avances, retrocesos y oscilaciones.

Las tareas no son etapas que deban completarse ni indicadores de si un duelo «avanza correctamente», sino movimientos psicológicos y emocionales que pueden aparecer de forma desigual, oscilante o parcial, especialmente en situaciones de duelo complejo.

Este enfoque permite orientar el acompañamiento y la intervención sin imponer ritmos ni expectativas normativas, ayudando a identificar puntos de trabajo dentro del proceso.

Aceptar la realidad de la pérdida

Aceptar la realidad de la pérdida implica reconocer, tanto a nivel cognitivo como emocional, que la persona amada ha muerto y no volverá. Este proceso no es inmediato ni uniforme: la mente puede saberlo mientras el corazón todavía lo resiste. En el duelo complejo, esta tarea puede verse dificultada por muertes repentinas, traumáticas o ambiguas, que dificultan la asimilación progresiva de la pérdida.

La aceptación se construye a través de la experiencia cotidiana de la ausencia, de los pequeños gestos y de la gradual confrontación con la realidad. Los rituales y espacios de despedida pueden facilitar este proceso, siempre que se adapten al ritmo ya las necesidades de la persona.

Elaborar el dolor del duelo

Elaborar el dolor significa permitirse sentir y expresar las emociones asociadas a la pérdida -tristeza, rabia, culpa, miedo, anhelo- sin reprimirlas ni quedar atrapado. En el duelo complejo, esta tarea puede quedar bloqueada tanto por la evitación emocional como por una inmersión constante en el sufrimiento que impide cualquier distancia reparadora.

El objetivo no es eliminar ni dolor ni intensificarlo, sino favorecer una regulación emocional que permita transitarlo con seguridad. Expresar el dolor, compartirlo con otras personas, darle forma simbólica o corporal y respetar los tiempos personales son elementos clave para que el sufrimiento pueda transformarse.

Adaptarse a un mundo sin la persona querida

La pérdida obliga a realizar ajustes prácticos, emocionales e identitarios. Adaptarse a un mundo sin la persona amada implica reorganizar la vida cotidiana, asumir nuevos roles y redefinir aspectos del propio sentido de sí mismo. En el duelo complejo, esta adaptación puede verse dificultada por vínculos muy dependientes, pérdidas que afectan a roles centrales o falta de recursos personales y sociales.

Este proceso puede despertar sentimientos de desconcierto, vacío o culpa por seguir viviendo. El acompañamiento en esta tarea se centra en facilitar pequeños movimientos de reconexión con la vida, sin prisa ni imposiciones, respetando el hecho de que adaptarse no significa olvidar ni dejar de amar.

Recolocar emocionalmente a la persona muerta y seguir viviendo

Esta tarea hace referencia a la transformación del vínculo con la persona querida. No se trata de borrar el recuerdo ni de «cerrar» la relación, sino de encontrar una forma de integrarla internamente que permita mantener el cariño sin impedir la implicación en la vida presente.

En el duelo complejo, esta tarea puede quedar bloqueada por una fijación intensa en el anhelo o por sentimientos de culpa asociados a seguir adelante. El trabajo de acompañamiento puede ayudar a construir una relación simbólica con el fallecido que sea compatible con el crecimiento, los nuevos proyectos y la apertura a otros vínculos.

Mujer joven recostada en la cama, en duelo por su pareja

¿Qué es el duelo complejo?

El modelo dual del duelo de Stroebe y Shut

El modelo dual del duelo describe el proceso de duelo como un movimiento dinámico y oscilante entre dos orientaciones complementarias: la orientación hacia la pérdida y la orientación hacia la restauración. Este modelo parte de la idea de que el duelo no es un proceso lineal ni estable, sino una experiencia fluctuante, en la que la persona alterna momentos de contacto intenso con el dolor de la pérdida con momentos de distanciamiento y reconexión con la vida cotidiana.

Orientación hacia la pérdida

La orientación hacia la pérdida incluye todos aquellos momentos en los que la persona se conecta directamente con el dolor de la ausencia. Es el espacio del recuerdo, de la añoranza, del llanto, de la tristeza, de la rabia o de la culpa. También incluye la necesidad de hablar de la persona muerta, de pensar en ella y de dar sentido a la relación ya la pérdida.

Esta orientación es una parte esencial del proceso de duelo, puesto que permite reconocer la realidad de la pérdida y elaborar emocionalmente el vínculo. Evitarla de forma persistente puede dificultar la elaboración del duelo y favorecer la cronificación del sufrimiento.

Orientación hacia la restauración

La orientación hacia la restauración se refiere a los momentos en que la persona dirige la atención hacia la vida presente y futura. Incluye la reorganización de la vida cotidiana, la asunción de nuevos roles, la resolución de problemas prácticos, la recuperación de actividades, intereses y relaciones, así como la construcción de un nuevo sentido vital en ausencia de la persona amada.

Esta orientación no implica olvido ni negación del dolor, sino la capacidad de tomar distancia temporal del sufrimiento para seguir viviendo. Cuando esa orientación queda bloqueada, la persona puede sentirse atrapada en el pasado y experimentar una pérdida prolongada de funcionamiento.

La oscilación como elemento central

El elemento clave del modelo dual es la oscilación entre ambas orientaciones.

El duelo saludable implica poder moverse entre el contacto con la pérdida y la reconexión con la vida, sin quedar fijado de forma rígida en ninguno de los dos polos.

Esta oscilación permite regular el dolor, evitando tanto la inmersión constante en el sufrimiento como la evitación emocional persistente.

Los movimientos de ida y vuelta no siguen un ritmo previsible ni simétrico: pueden variar según el momento del proceso, las circunstancias personales y los factores de soporte disponibles.

En el duelo complejo, la oscilación puede verse alterada. Algunas personas quedan atrapadas en una orientación casi exclusiva hacia la pérdida, con un contacto intenso y persistente con el dolor que dificulta su vida cotidiana. Otros, en cambio, pueden refugiarse de forma rígida en la orientación hacia la restauración, evitando el dolor y bloqueando la elaboración emocional de la pérdida.

El abordaje del duelo complejo se centra en restablecer la capacidad de oscilación, ayudando a la persona a tolerar el contacto con la pérdida y, al mismo tiempo, a recuperar espacios de vida, sentido y vinculación. El criterio clínico no es eliminar el dolor, sino facilitar un movimiento más flexible y adaptativo entre ambas orientaciones.

El modelo de Neimeyer: el duelo como proceso de reconstrucción de significado

El modelo de Robert Neimeyer entiende el duelo como un proceso de reconstrucción de significado frente a la pérdida de una persona querida. Desde esta perspectiva, el sufrimiento no procede únicamente de la ausencia física, sino de la ruptura profunda del sistema de significados con que la persona organizaba su vida, su identidad y su relación con el mundo.

La muerte de alguien significativo puede desorganizar creencias básicas -sobre la seguridad, la justicia, el sentido de la vida o la propia identidad- y generar una experiencia de desconcierto existencial.

El duelo aparece así como un intento de reconstruir una narrativa vital que pueda integrar la pérdida sin negarla ni quedar fijada en ella.

El duelo como crisis de significado

Según este modelo, la pérdida puede provocar una crisis de significado cuando los esquemas previos no son suficientes para contar o contener la experiencia vivida. En estos casos, la persona puede sentir que «nada tiene sentido», que el mundo ya no es reconocible o que su identidad ha quedado profundamente alterada.

En el duelo complejo, esta crisis puede ser especialmente intensa y persistente. No es tanto el dolor emocional lo que queda bloqueado, sino la incapacidad de dar sentido a la pérdida o integrarla en la propia historia de vida. Esto puede manifestarse como una sensación de vacío existencial, una constante ruminación sobre el «por qué» de la muerte o una dificultad marcada para proyectarse hacia el futuro.

Los asuntos pendientes como núcleo del sufrimiento

Un elemento central en el modelo de Neimeyer es el papel de los asuntos pendientes en la intensificación y cronificación del duelo. Éstos hacen referencia a todo lo que quedó sin decir, sin hacer o sin resolver en la relación con la persona muerta: palabras no expresadas, conflictos abiertos, disculpas no formuladas, afectos no reconocidos o decisiones interrumpidas por la muerte.

Cuando estos asuntos pendientes no puedan ser simbólicamente elaborados, el duelo podrá quedar bloqueado. La persona puede sentirse atrapada en sentimientos persistentes de culpa, rabia, tristeza o anhelo, con una necesidad constante de «cerrar» lo que la realidad ya no permite resolver literalmente. En estos casos, el sufrimiento no procede sólo de la pérdida, sino de la relación interrumpida.

La narrativa y la identidad en el proceso de duelo

Un elemento central del modelo de Neimeyer es la importancia de la narrativa. Las personas damos sentido a nuestra experiencia a través de relatos: quiénes somos, qué nos ha pasado, qué hemos perdido y cómo esto encaja en nuestra historia. La pérdida rompe esta narrativa y obliga a revisarla.

El duelo implica, por tanto, un trabajo de reconstrucción identitaria: redefinir quién soy sin la persona amada, qué lugar ocupa ahora en mi vida y cómo puedo seguir viviendo sin traicionar el vínculo. Este proceso no consiste en encontrar una explicación definitiva o consoladora, sino en construir un significado suficientemente habitable que permita seguir adelante.

El vínculo continuado con la persona muerta

A diferencia de modelos más antiguos que planteaban la necesidad de «desprenderse» del vínculo, el modelo de Neimeyer reconoce la importancia de los vínculos continuados . Mantener una relación simbólica con la persona muerta –a través del recuerdo, de los valores compartidos o del diálogo interno– puede ser una fuente de consuelo y coherencia, siempre que este vínculo no impida la implicación en la vida presente.

En el duelo complejo, el problema no es la presencia del vínculo, sino cuando éste queda fijado en formas rígidas o dolorosas que dificultan la reconstrucción del significado y la apertura al futuro.

Desde este modelo, el acompañamiento del duelo complejo no se centra en eliminar síntomas, sino en facilitar procesos de significación y resolución de asuntos pendientes. Esto incluye:

  • Crear espacios seguros para expresar y explorar el relato de pérdida.
  • Acompañar la revisión de creencias rotas o cuestionadas por la muerte.
  • Facilitar la integración del vínculo con el fallecido dentro de una narrativa vital más amplia.
  • Favorecer la construcción de nuevos sentidos, roles y proyectos compatibles con la pérdida.

El criterio de progreso no es la ausencia de dolor, sino la capacidad de dotar a la pérdida de un lugar comprensible dentro de la propia historia, permitiendo que la vida continúe con sentido, aunque sea diferente de lo imaginado.