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Artículo

La obsesión por la imagen corporal en los hombres

Dismorfia muscular y trastornos de la conducta alimentaria
Robin Rica, instituto Centta

Dr. Robin Rica Mora

Psicólogo clínico. Director clínico y de la Unidad de TCA en Instituto Centta.
Hombre haciendo pesas en un gimnasio.
©Getty Images via Canva.com

Resumen

Históricamente, los trastornos alimentarios (TCA) se han considerado un problema femenino, dejando poco estudiada su presencia y características en hombres. Aunque la prevalencia de TCA en hombres es similar a la de mujeres, se expresa de manera distinta, al igual que la relación con su imagen corporal, que suele centrarse en el deseo de aumentar la masa muscular. La dismorfia muscular o vigorexia se caracteriza por una percepción distorsionada del propio cuerpo, que lleva a algunos hombres a obsesionarse con desarrollar su musculatura, a menudo recurriendo a suplementos o esteroides. Además, los hombres se enfrentan a desafíos adicionales debido a las normas de masculinidad tradicional, que dificultan la búsqueda de ayuda para problemas de salud mental.
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El campo de los trastornos de la conducta alimentaria (TCA) es y ha sido siempre principalmente femenino. Ya desde aquella primera descripción de la «anorexia histérica» propuesta por Sir William Gull en el siglo XIX, se hablaba de que era una condición que se presentaba mayoritariamente en mujeres jóvenes. Precisamente esta ausencia de mención a los varones ha ido sesgando el concepto a todos los niveles hasta nuestros días, desde la formación de psiquiatras y psicólogos hasta la idea general de que los TCA son un trastorno femenino. De hecho, según Eller (1993), un 40% de los internistas y un 25% de los psiquiatras creía que la anorexia nerviosa sólo puede encontrarse en mujeres. Bien es cierto que, aunque estos datos son relativamente antiguos, la literatura a este respecto no aporta demasiados cambios. 

La práctica totalidad de lo que sabemos sobre TCA viene de la investigación realizada con mujeres. Al tener más acceso a mujeres, el conocimiento se desarrolló desde ahí partiendo de la idea de que un TCA no presentaría diferencias entre sexos. ¿Acaso una gripe se expresa distinto entre hombres y mujeres? ¿Y una psicosis? Explorar los síntomas en los varones, por tanto, se entendió como redundante y además ahorraba un problema: cuesta investigar si no tengo muestra. Había pocos varones con TCA en los recursos sanitarios y muchas veces una muestra pequeña «ensucia» la estadística. Ya teníamos dos motivos para no mirar a estos chicos: es redundante, y además hay pocos. La consecuencia, por este y otros motivos, es que quedaron fuera de los estudios, de los planes de prevención y de los tratamientos.

tca masculino

Los trastornos alimentarios en los hombres

TCA y dismorfia muscular en los hombres

Entonces, ¿los varones también tienen trastornos alimentarios? La respuesta es sí, y en mayores cifras de las que se suelen trasladar. Un estudio reciente de prevalencia de TCA en población masculina en España (Rica et al., 2023) arrojaba cifras de prevalencia virtualmente iguales a las que estudios similares encuentran en mujeres (i.e., 1,4%). Sin embargo, los TCA se manifiestan de forma diferente según el género.

Sobre la base de vulnerabilidades biológicas, emocionales y relacionales, los TCA sustentan las conductas-problemas en la insatisfacción corporal y la búsqueda de un cambio que proporcione paz, control, seguridad, o cualquier cosa que alguien asocia a un determinado físico y que siente que necesita desesperadamente. Ese desajuste entre el cuerpo ideal y el cuerpo percibido es distinto entre los hombres y las mujeres. De manera general, los hombres tienden a aspirar un físico en el que el volumen y/o la visibilización de la musculatura resultan fundamentales. Las mujeres, por su parte, persiguen un ideal en el que la delgadez es la aspiración final. Estas diferencias generan una expresión de las conductas de riesgo de cambio corporal diferentes. En el caso de los varones, conductas orientadas al aumento de las cantidades y frecuencia en las ingestas, el incremento del consumo de proteínas, el uso de suplementos y una relación compulsiva con el ejercicio físico. 

En el extremo de este continuo psicopatológico de los TCA-Orientados a la musculatura (TCA-OM) nos encontramos la dismorfia muscular (DM), lo que conocemos las personas de a pie como vigorexia. En un inicio, la dismorfia muscular se describió como un reflejo inverso de la anorexia nerviosa. Hombres con cuerpos musculados hasta el extremo que se percibían de manera distorsionada delgados, enclenques y débiles. Hombres que pasaban largas horas levantando pesas en el gimnasio y con una atención a su dieta tan obsesiva como la de la anorexia nerviosa. También llegaban a recurrir, hasta en un 10%, al consumo de esteroides anabolizantes para incrementar su musculatura, a pesar de las peligrosas consecuencias que tienen estas sustancias. Respecto a su prevalencia, el mencionado estudio español mostró tasas de dismorfia muscular prácticamente iguales a las de TCA en la muestra de varones (i.e., 1,3%), en la misma línea de los estudios de prevalencia femeninos de TCA.

En los hombres, las conductas de riesgo se centran en el aumento de las cantidades y frecuencia en las ingestas, el incremento del consumo de proteínas, el uso de suplementos y una relación compulsiva con el ejercicio físico. 

Desde luego que también existen casos de predominio restrictivo, muchos tienen conductas de atracón y otros, cuando las realizan, necesitan purgarse. Todos estos síntomas de trastorno de la conducta alimentaria o dismorfia muscular tienen un pronóstico más sombrío, con mayor sintomatología obsesiva, mayor comorbilidad con consumo de sustancias y una mayor presencia de antecedentes de obesidad-sobrepeso en la infancia, esto último presente hasta en un 40% de los casos de trastornos alimentarios masculinos. Este dato es particularmente alarmante si lo relacionamos con las cifras de obesidad-sobrepeso infantil en España que arroja sistemáticamente el estudio ALADINO (AESAN, 2025). Estos síntomas también tienen una edad de inicio más tardía que la observada en las mujeres. Mientras que el pico de incidencia de trastornos alimentarios en la mujer se encuentra en los 14 años, en el varón está entre los 17 y los 19 años. Esto nos coloca en la etapa universitaria, donde las acciones de prevención de estos trastornos son prácticamente inexistentes.

Cuando el ejercicio físico se convierte en una obsesión

Vaya por delante: estar físicamente activo y realizar ejercicio con regularidad es sano en la inmensísima mayoría de los casos. Sólo en un porcentaje bajo se vuelve peligroso, y los que nos dedicamos a acompañar a personas que sufren por su relación con su cuerpo a veces nos parece que es más, por la población con la que tenemos ese contacto. Aun así, las sociedades occidentales no están todo lo activas físicamente que podrían, y ese es un problema altísimamente complejo al que aún no le hemos puesto solución. Recientemente, el escritor Sergio del Molino (2025) reflexionaba, entre otras cosas, sobre ello en un artículo publicado en el Ethic .

La cultura del fitness y las redes sociales han promovido un ideal de cuerpo masculino musculoso y definido. Esta presión puede llevar a una relación poco saludable con el ejercicio, donde la actividad física se convierte en una obligación obsesiva más que en una fuente de bienestar. La búsqueda constante de un cuerpo perfecto puede desencadenar ansiedad, depresión y aislamiento social. Sabemos que el 90% de los varones que realizan ejercicio físico lo hacen para aumentar o visibilizar su masa muscular, de éstos, el 70% alterarán su alimentación con este objetivo y un 10% llegará a recurrir a sustancias ergogénicas como esteroides (Eisenberg et al., 2012). 

vigorexia

Cómo evitar obsesionarse por tener un cuerpo musculoso

Hay varones para los que levantar pesas en el gimnasio se convierte en una obsesión, y otros en los que el ejercicio de resistencia (e.g., ciclismo) les sirve en la persecución de un físico «fino». La relación patológica con el ejercicio físico es un constructo complejo lleno de términos laberínticos que suelen llevar a confusión. ¿Adicción al ejercicio?, ¿ejercicio excesivo?, ¿ejercicio obligatorio? Términos que se usan en muchas ocasiones de manera indistinta y generalmente asociados al exceso. ¿Alguien que entrena cuatro horas al día tiene un problema? No necesariamente. Los estudios indican que en lo relativo a problemas de alimentación e imagen corporal, el constructo de ejercicio compulsivo es el que se asocia más a psicopatología. Algunos indicadores que pueden señalar tenemos un problema en la relación con el entrenamiento son:

  • Regularse emocionalmente con ejercicio.
  • Entrenar porque no soporto la perspectiva de no hacerlo.
  • Sentir culpa o ansiedad si no hago ejercicio.
  • Priorizarlo sobre mis vínculos sociales o familiares.
  • Combinarlo con dietas extremas. 

Hombres, salud mental y viceversa

La salud mental es un campo mayoritariamente femenino. De los más de 9.000 psicólogos que egresan cada año en nuestro país, en torno al 80% son mujeres. El usuario mayoritario de los servicios de salud mental también es una mujer, particularmente en unidades de TCA. Los varones, salvo en patologías muy concretas, no suelen recibir ayuda de este tipo. ¿Quizá no la necesitan? Los varones prácticamente triplican la tasa de suicidio consumado respecto a las mujeres (INE, 2023; 2024) y constituyen el grueso de la población penitenciaria mundial. Parece que los varones experimentan importantes dificultades en su regulación emocional, pero en su abanico de opciones, acudir a un profesional no parece estar en lo alto de la lista. Ante un sufrimiento psicoemocional alto, el varón suele mostrar conductas externalizantes (agresividad, hiperactividad, etc.), mientras que las mujeres se regulan de manera internalizante habitualmente (ansiedad, depresión, etc.). Las mujeres realizan más intentos autolíticos, pero mueren más hombres por suicidio.

La cultura del fitness y las redes sociales han promovido un ideal de cuerpo masculino musculoso y definido. Esta presión puede llevar a una relación poco saludable con el ejercicio, donde la actividad física se convierte en una obligación obsesiva más que en una fuente de bienestar. 

Resulta curioso cómo aparentemente hemos tardado en considerar indicativas de problemas de salud mental ciertas conductas de los varones y cómo otras ni siquiera se plantean o se cuestionan. Hordas de hombres han llenado aviones rumbo a Turquía para someterse a trasplante capilar. Me pregunto si habría tenido el mismo trato un escenario con mujeres haciendo turismo sanitario para una mamoplastia o una liposucción. Si hubiéramos hablado de aceptación corporal o de la tiranía de la estética. O lo fácil que es encontrar cómo hacer un ciclo de esteroides tecleando en YouTube, sin que las políticas de moderación de contenido actúen.

La acción masculina ha tenido usualmente menos crítica y cuestionamiento. Se suele dar por sentado que los hombres están bien y que aguantan, que no pasa nada. Una mujer que atendí me comentaba que un chico con el que estaba saliendo venía de una doble sesión de Hyrox y 300km de bici, afirmando que le sabia la boca a sangre y que no iba a cenar. Lo contaba anecdóticamente. Ella, que había transitado ese camino en el pasado, veía que no era sano, pero él no estaba en ese punto. La relación no duró demasiado. 

Es fundamental fomentar una nueva visión de la masculinidad que permita la vulnerabilidad, la expresión emocional y el autocuidado.

La masculinidad tradicional ha promovido la idea de que los hombres deben ser fuertes, autosuficientes y emocionalmente contenidos. Estas normas pueden dificultar que los hombres reconozcan y busquen ayuda para problemas de salud mental. Para reducir la brecha entre las prevalencias que conocemos de problemas de salud mental masculina y la realidad de las consultas es fundamental fomentar una nueva visión de la masculinidad que permita la vulnerabilidad, la expresión emocional y el autocuidado. No se trata de ser menos hombres, se trata de integrar cosas que siempre han estado ahí a nivel emocional. 

Estamos dando pasos en esa dirección. La campaña «Por huevos», con el actor Paco León, es un ejemplo de ello. También es un ejemplo de este cambio que el famoso movimiento Movember (dejarse bigote durante el mes de noviembre) haya ampliado el foco desde la visualización del cáncer de próstata y testículos a la salud mental masculina. Tenemos todo un reto delante, todos. Echemos el resto.