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Artículo

La falsa relación entre radicalización violenta y salud mental

Una asociación que incrementa la estigmatización y entorpece la prevención
David Garriga

Dr. David Garriga Guitart

Sociólogo y enfermero de la Unidad Hospitalaria Psiquiátrica Penitenciaria (UHPP)
Parc Sanitari Sant Joan de Déu
Chico con capucha caminando por la ciudad.
©finwal via Canva.com

Resumen

El vínculo entre salud mental y radicalización violenta no es causal, y reducir el fenómeno a trastornos mentales es simplista e ineficaz para la prevención. La radicalización es un proceso complejo influido por factores ideológicos, identitarios y comunitarios, entre otros. Estudios indican que, aunque algunos individuos radicalizados pueden presentar trastornos mentales, esto no es una constante ni determina el fenómeno. Las políticas de prevención deben ser integrales y evitar la estigmatización, enfocándose en el ámbito psicosocial más que en diagnósticos individuales.
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En el ámbito del estudio de los procesos de radicalización violenta que pueden derivar en algún tipo de terrorismo, una de las preguntas que ha generado debate tanto en la opinión pública como en círculos académicos es si existe una relación directa entre trastornos de salud mental y la vulnerabilidad a ser radicalizado o a participar en actos terroristas. Es fundamental, desde una perspectiva científica, distinguir entre hipótesis simplistas y evidencia empírica sólida, dado que la atribución de causas psicológicas individuales puede conducir tanto a la estigmatización injustificada como a políticas de prevención inefectivas.

Evidencia científica sobre trastornos mentales y terrorismo

Diversos estudios han abordado esta cuestión mediante revisiones sistemáticas e investigaciones empíricas, y el consenso académico emergente es que no puede establecerse una asociación causal general entre salud mental y radicalización violenta o terrorismo. En una revisión sistemática de la literatura (Trimbur et al., 2021), los investigadores examinaron más de 2.800 registros y concluyeron que, aunque algunas personas radicalizadas violentas o terroristas presentaban diagnósticos psiquiátricos, no puede afirmarse una correlación consistente ni significativa entre los trastornos mentales y el proceso de radicalización. Además, la calidad metodológica de los estudios es heterogénea y con frecuencia débil, lo que limita la fuerza de las conclusiones clínicas y epidemiológicas.

Este mismo corpus de evidencia muestra que la prevalencia de trastornos de salud mental entre personas radicalizadas o terroristas es variable (por ejemplo, oscila entre un 6% y un 41% en poblaciones radicalizadas y entre un 3,4% y un 48,5% entre terroristas, con tendencias más elevadas en grupos de solitarios que en miembros). Pero estos datos no demuestran causalidad ni un perfil clínico específico que pueda servir como predictor único de radicalización (Sarma et al. 2022).

El papel de los factores psicológicos y sociales en la radicalización

Algunos estudios comunitarios sugieren que ciertas sintomatologías (como depresión, ansiedad o estrés postraumático) pueden estar asociadas a simpatizar por ideas extremistas o ideas violentas. Pero esta relación es compleja, está condicionada por múltiples variables (como la edad, el contexto social, las experiencias de vida o los antecedentes penales) y no implica que la salud mental sea un factor determinante ni suficiente para explicar la radicalización (Bhui et al. 2020).

La literatura psicosocial y criminológica subraya que la radicalización es un proceso multifactorial: factores ideológicos, identitarios, comunitarios, políticos, económicos y situacionales interactúan con las historias personales. Las explicaciones que reducen la radicalización a un «tratorno mental» individual no sólo son científicamente infundadas, sino que también pueden tapar las causas estructurales más relevantes y las oportunidades de prevención e intervención.

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Implicaciones para la investigación y las políticas públicas

Desde la criminología y el estudio del comportamiento violento, lo que emerge de la investigación actual es una advertencia metodológica y conceptual: no podemos confundir correlación con causalidad ni reducir un fenómeno social complejo a variables individuales simples como el diagnóstico psiquiátrico. La salud mental debe ser considerada como un componente potencial entre otros muchos factores de vulnerabilidad, pero no como causa necesaria ni suficiente de la radicalización o de la participación en algunos tipos de terrorismo (Fernández et al. 2019).

La radicalización es un proceso multifactorial: factores ideológicos, identitarios, comunitarios, políticos, económicos y situacionales interactúan con las historias vitales de las personas.

Así, las políticas de prevención y las estrategias de desradicalización deben incorporar un análisis integral que combine una comprensión de las dinámicas ideológicas, de las estructuras sociales y de los contextos individuales, evitando tanto la estigmatización de las personas con trastornos mentales como la simplificación de los procesos que llevan a la violencia extremista.

Modelos teóricos de la radicalización y la relación con la salud mental

Los principales modelos explicativos de la radicalización violenta coinciden en señalar que no existe un camino único ni lineal hacia la radicalización violenta y el terrorismo, y que los factores psicológicos individuales (incluida la salud mental) no ocupan un lugar central ni determinante.

El modelo de la escala hacia el terrorismo de Fathali Moghaddam (2005) describe la radicalización como un proceso paulatino en el que las personas van reduciendo progresivamente sus opciones percibidas hasta legitimar la violencia. En este modelo, los elementos clave son la percepción de injusticia, la privación relativa, la identificación con una narrativa ideológica y la legitimización moral de la violencia, no la presencia de psicopatología.

Las explicaciones que reducen la radicalización a un «trastorno mental» individual pueden tapar las causas estructurales más relevantes y las oportunidades de prevención e intervención.

De forma similar, el modelo de la pirámide de la radicalización de McCauley y Moskalenko (2008a, 2017a) diferencia entre actitudes, creencias y conductas, destacando la importancia de los mecanismos grupales, las dinámicas de identidad y la polarización social. En ninguno de estos niveles los trastornos de salud mental aparecen como variable explicativa principal, sino, a lo sumo, como un posible factor de vulnerabilidad individual en contextos muy concretos.

Terroristas solitarios y la salud mental

Uno de los puntos donde el debate entre salud mental y terrorismo ha sido más intenso es el análisis de los llamados actores solitarios. La investigación muestra que, efectivamente, la prevalencia de trastornos mentales es mayor en terroristas que actúan solos que en aquellos integrados en organizaciones estructuradas.

Sin embargo, este dato a menudo es mal interpretado. En primer lugar, porque el aislamiento social, la marginalidad o el fracaso relacional pueden ser consecuencia (y no causa) del proceso de radicalización. En segundo lugar, porque los actores solitarios representan a una minoría dentro del fenómeno global en el caso por ejemplo, del terrorismo yihadista, y extrapolar sus características al resto del colectivo es metodológicamente incorrecto.

No existe un camino único ni lineal hacia la radicalización violenta y el terrorismo, y los factores psicológicos individuales (incluida la salud mental) no ocupan un lugar central ni determinante.

Además, varios estudios cualitativos indican que muchas personas con diagnósticos psiquiátricos no son aceptadas ni fácilmente instrumentalizadas por organizaciones terroristas, precisamente porque pueden ser percibidas como imprevisibles o poco fiables. Esto refuerza la idea de que la salud mental no es un factor funcional para la radicalización organizada (Garriga, 2015).

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El abordaje de la salud mental en los medios de comunicación

Riesgo de estigmatización y errores en las políticas de prevención

Una de las consecuencias más problemáticas de asociar terrorismo con salud mental es el riesgo de doble estigmatización: por un lado, de las personas con trastornos mentales; por otro, de determinadas comunidades ya sometidas a procesos de sospecha y segurización.

Desde una perspectiva de prevención, esta asociación puede conducir a estrategias ineficientes, centradas en la detección clínica de «perfiles peligrosos», en lugar de abordar los verdaderos factores de riesgo, como son:

  • Procesos de agravio identitario.
  • Narrativas victimistas.
  • Dinámicas de grupo.
  • Influencia de referentes ideológicos.
  • Contextos sociopolíticos concretos.

La literatura en prevención del extremismo violento insiste en que medicalizar la radicalización es un error conceptual, ya que desplaza el foco del fenómeno social hacia el individuo, invisibilizando las responsabilidades estructurales y las oportunidades de intervención comunitaria (Heath-Kelly y Shanaah, 2025).

Implicaciones para la intervención y la desradicalización

Esto no significa que la salud mental sea irrelevante. Por el contrario, en programas de prevención secundaria y terciaria, la atención psicológica puede ser clave para trabajar factores como el trauma, la frustración, la gestión emocional o la reconstrucción identitaria. Pero siempre como parte de una estrategia integral y multidisciplinar.

Los programas más efectivos combinan (Dedeu y Garriga, 2019):

  • Intervención psicosocial individual.
  • Trabajo con familias y entornos comunitarios.
  • Contranarrativas ideológicas creíbles.
  • Abordaje de factores sociales como la exclusión, la discriminación percibida o la carencia de proyectos vitales.